19 de febrero de 2012

Caín y el payaso


Por José Biedma

A mi alumnado de Educación para la Ciudadanía,
muy especialmente para Borja y Pablo.

Me llamo Harold. Soy grandote, pero doy algo de pena. Como mis movimientos resultan  patosos y desmañados, la gente, desde que era un niño, se ríe fácilmente de mí.

Nací en Haarlem, una ciudad de Holanda. Es un lugar tranquilo en la desembocadura del río Spaarne, a 20 kilómetros  de Ámsterdam. En mi ciudad hay museo de pintura, donde se exponen cuadros de maestros del siglo XVII. Lleva el nombre de uno de ellos: Fran Hals, que murió en Haarlem, en plena Edad de Oro de la pintura flamenca. De pequeño, cuando mi maestra me llevó a ver esas pinturas, me quedé tan impresionado que quise ser retratista. Pero pronto me di cuenta de que carecía de aptitudes para el dibujo.

Haarlem vive de la producción y comercio de tulipanes, de la cerveza y de la industria chocolatera. Mi padre es propietario de una fábrica. Le hice caso y estudié derecho mercantil y marketing. Me tuve que esforzar mucho para conseguir mis títulos. Ya he dicho que no soy muy avispado. Me iba a incorporar al negocio familiar cuando un desengaño amoroso me afligió profundamente. A punto de casarnos, Femke, mi novia de toda la vida, me abandonó por mi mejor amigo, Karel. El disgusto me paralizó: rabia, odio, frustración, humillación, desesperación, melancolía… ¿Cuánto tiempo llevaban pegándomela? Puedo ser torpe, ¿pero ciego? Pensé en asesinarlos, pero yo no he matado a una mosca en mi vida, en realidad –como decía mi padre- de puro bueno era tonto. De pronto, opté por darle un giro total a mi vida, y decidí dedicarme por una vez a lo que me gustaba, y lo que de verdad me agradaba era hacer reír a la gente, sobre todo a los niños.

Por eso me hice payaso y mimo ambulante, otro “holandés errante”. Enterré la mitad de mi corazón en Holanda junto a los bulbos de los tulipanes. Mi tristeza podría ser motivo de alegría si le aplicaba un poco de cómica cosmética y repartía la otra mitad de mi corazón a cachos. En lugar de rumiar mi tristeza, sentar la cabeza y hacerle caso a mi padre, decidí poner tierra de por medio y viajar por Europa, ganándome la vida con mis payasadas. Así conocería a gentes de otros países y me sentiría útil alegrándoles la vida por un rato. Conocí las bellas ciudades de Italia: Venecia, Florencia, Pisa, Siena, Roma… Me dijeron que Nápoles era una ciudad peligrosa donde campaba a sus anchas la mafia, pero a mí me trataron bien allí, incluso hice el amor una noche con una joven morena. ¡Ay!, aún recuerdo el perfume de su cuello. Era caricaturista y se llamaba Marcia. También recorrí las pequeñas ciudades del Midí francés, donde la vida transcurre dulcemente y la gente es ceremoniosa y cortés (avec politesse).

Pidiendo la voluntad por hacer mis gracias, ganaba lo suficiente para mantenerme, aunque algunas veces pasé hambre y tuve que dormir al raso, pero en esos luminosos países mediterráneos, donde es raro que hiele o nieve, las noches son menos duras que en Holanda.  No importa si uno pasa una noche en un pajar o debe dormir en un prado, o en el banco de una plaza.

Por fin decidí entrar en España. No me atrevía a hacerlo porque recorro las carreteras en bici cargado con mis bártulos (el ejercicio físico me evita recordar), y la península ibérica es un país muy montañoso. “Harold –me dije- tómate las cosas con calma”. Entré por Cataluña, donde además de español hablan una lengua propia. En Tarazona lo pasé muy bien e hice algunos amigos en una feria local. Y me las prometía felices en Andalucía, donde dicen que la gente es abierta, hospitalaria y generosa. Allí nacieron grandes poetas de la literatura universal como Antonio Machado o García Lorca.

Camino de Granada, me desvié para visitar Úbeda y Baeza, pequeñas ciudades de la provincia de Jaén, un cruce de caminos enmarcado por grandes sierras desde las que se despeña el Guadalquivir. Esos lugares han sido declarados Patrimonio de la Humanidad; dos joyas históricas y renacentistas que recuerdan bastante las de Italia. ¡Había que ganarse el bocadillo!, así que monté mi número en una gran plaza de Úbeda, frente a una iglesia gótica. Hacía frío, pero el sol de febrero me calentaba y alegraba.

Sin embargo, cuando apenas había empezado a trabajar, empezaron a lloverme naranjas, bolas de papel y aluminio y, por fin, piedras y latas. Un grupo de adolescentes se mofaba de mí y me insultaban. Yo, que había sido feliz provocando risas, ahora era humillado por las risas crueles de unos mequetrefes. Me llevé una gran sorpresa cuando, tras perseguirlos, pude comprobar que no se trataba de mendigos o de maleantes borrachos o drogados, ¡sino de estudiantes de Secundaria! Entré en su centro escolar y hablé con su secretario. ¡En ningún sitio me habían tratado así! Con mi trabajo callejero, ¿hacía yo daño a alguien? Mostré mi indignación como pude, porque apenas sé unas cuantas palabras de castellano. No quise denunciar a aquellos “cafres” (con perdón para los cafres), aunque desde luego estaba en mi derecho a exigir una reparación, ¿o acaso no soy yo ciudadano europeo? España, ¿no es también Europa? El profesor me prometió que los culpables serían identificados y castigados.

¿Cómo era posible que aquella ciudad que había sido centro de cultura y arte en los siglos siglos XVI y XVII albergara ahora tales fieras? ¿Qué le había hecho yo a aquellos chicos para que me infamaran y agredieran? Por la noche, más tranquilo, ya no me importaba que aquellos salvajes fuesen castigados  por echar por tierra en un rato algo que para mí era como una redención, como una vocación: mi trabajo de payaso. Algo se me rompió ese día muy dentro. Apenas soy ya capaz de calzarme los zapatones y de encasquetarme la bola roja en mi narizota de holandés. Temo que las risas que provoque no sean expresión de alegría y felicidad, sino un síntoma patológico de desprecio y rabia.

¿Qué le hice yo a aquellos chicos? ¿Qué le había hecho yo a Femke para que me abandonase? ¿Cómo fue posible que Karel, mi mejor amigo, mi cómplice de travesuras infantiles, casi mi hermano, me traicionase de aquella forma?

Mi padre tiene razón. A pesar de mis años, todavía soy un bobo, un inocente. No hay que fiarse de nadie. El animal humano es cruel y malvado por naturaleza. Donde habita y trabaja Abel, siempre hay un Caín escondido, resentido y celoso, esperando en la sombra su ocasión para descalabrarle con una pedrada. ¡Todos llevamos dentro a esos dos hermanos desgraciados!

Harold de Haarlem, expayaso

Cuestionario

1. ¿Tiene algo que ver la ciudad holandesa del payaso con el barrio neoyorquino de Harlem?
2. ¿Cómo se describe a sí mismo Harold? ¿Le fue fácil terminar sus estudios?
3. ¿Por qué no se incorporó al negocio familiar y por qué se hizo payaso?
4. Busque información sobre la leyenda del "Holandés errante".
5. Dibuje un mapa de Italia y sitúe en él las ciudades que se citan.
6. ¿Qué significa politesse? ¿es lo mismo que la hospitalidad?
7. ¿Por qué tardó en visitar España? ¿En qué provincia española está Tarazona?
8. ¿Qué le pasó en Úbeda a Harold?
9. ¿Cómo se explica el comportamiento de los chicos que se metieron con él y le lanzaron objetos?
10. ¿Cómo se sintió después Harold y cuáles son sus conclusiones?
11. ¿Está usted de acuerdo con ellas?
12. ¿Quiénes fueron Caín y Abel? ¿Por qué Caín asesinó a Abel?
13. ¿Qué le parece la imputación de cainismo que hacen algunos críticos a la historia cultural y política española?

21 de diciembre de 2010

CIBERURBANIDAD Y NETIQUETA

La Internet, es una gran ciudad en expansión, como en cualquier ciudad, para poder convivir, se deben respetar ciertas normas de ciberurbanidad: “cibermaneras”, “Netiqueta” (contracción de “net”, en inglés, red, y “etiqueta”).

Por “etiqueta” entendemos el estilo, las normas, los usos y costumbres que deben guardarse en los actos públicos y solemnes. Creo que la Red de redes (Internet) no tiene mucho de solemne, pero la inmensa mayoría de nuestros actos en la red son actos públicos y deberían asumir ciertas normas.

Por “urbanidad” entendemos la corrección y cortesía en el trato con los demás; y por “maneras”, los modales o forma de comportarse de una persona en los espacios públicos e incluso en sus relaciones privadas e íntimas.

Hoy, la Internet no es una red de comunicación minoritaria, sino masiva, y lo va ser cada vez más. Muchos entran en ella como un elefante en una cacharrería, desconociendo las normas mínimas de convivencia que deben guardarse en cualquier sociedad, y la Red es una sociedad global, planetaria.

Si aprovechamos los recursos del correo electrónico, de un portal, de un grupo de noticias, de un foro de debate, o de una red social, de un cuaderno de bitácora (blog), de una wiki... debemos respetar ciertas normas. Algunas son muy generales como no amenazar ni insultar ni incluir palabras malsonantes y groseras, o respetar las reglas de ortografía, otras son específicas del medio:


-Debemos consultar de vez en cuando nuestro buzón o buzones, y limpiarlo(s), a fin de que no se pierdan mensajes. Las personas a quienes hemos dado nuestra dirección pueden haber mandado información relevante y estar esperando una respuesta. Comparta su conocimiento con los demás, y ayude a los novatos en lo que pueda.

-Borre inmediatamente los mensajes no deseados (spam, correo basura), ocupan un espacio que puede necesitar para algo importante.

-Mantenga en un mínimo los mensajes guardados en su buzón electrónico. Si quiere guardarlos, puede hacerlo a parte.

-Nunca piense que nadie más que usted puede leer sus mensajes o respuestas, o ver sus fotografías: otros pueden llegar a leer su email. Nunca mande o retenga nada que le molestaría ver publicado con su nombre. Respete la privacidad de los demás y procure mostrar el mejor lado de su persona mientras se mantenga en línea (online). No publique su dirección de correo electrónico o el buzón se le llenará de spam (basura publicitaria).

-Actualice su antivirus y con cierta frecuencia chequee su disco duro para prevenir la expansión de virus, especialmente cuando reciba o baje archivos de otros sistemas. Internet es una inmensa ciudad con barrios elegantes y barrios bajos, si usted se adentra por estos últimos, está más expuesto a que le atraquen o le contagien una enfermedad.

-Para las comunicaciones electrónicas la costumbre es que tanto los mensajes como los párrafos sean cortos. No es lo mismo leer en papel que en el monitor. “La brevedad es el alma del correo electrónico” (Nicholas Negroponte).

-No use usted las redes de trabajo, académicas o corporativas con fines comerciales o para trabajo o publicidad propia, ni para jugar o mandar correos "picantes", chistosos o personales.

-Incluya su firma al final de los mensajes sin excederse de cuatro líneas. Puede adornarla con su dirección, su teléfono o algún lema que le guste.

-Utilice las mayúsculas con prudencia, en los nombres propios, o para distinguir un título o una cabecera. En la Red, las mayúsculas son gritos, y no es de buen gusto andar gritando continuamente…

-Sea cuidadoso con las opiniones que pueda proporcionar acerca de terceros; el correo electrónico se reenvía fácilmente… No publique la foto de nadie sin su permiso.

-Puede que usted tenga mucho tiempo para reenviar chistes, críticas al gobierno, enlaces, PPts, esté de vacaciones o jubilado, pero no debe saturar el correo electrónico de sus amigos con estas cosas o le considerarán un pesado, particularmente si nunca se las comentan o contestan. Respete el tiempo y ancho de banda de los demás.

-Cuando reenvíe ocurrencias, archivos adjuntos o vídeos curiosos, no olvide borrar las direcciones de las copias, puede que alguien las venda o añada a su base de datos para distribuir spam. Lo educado es presentar, titular y personalizar cada ocurrencia y envío, cambiando el asunto, por ejemplo, y no reenviarla sin más, cuando, en definitiva, se trata de algo enviado “por otro, a otro”.

-Tenga cuidado con la ironía, puede fácilmente interpretarse como sarcasmo. Use los emoticonos (;-), :-X, etc.) para precisar el sentido humorístico o sentimental de lo que dice, pero no abuse de ellos. Es fácil que su chiste pueda ser interpretado en Internet como una crítica… No olvide que la persona que lee su mensaje es humana, y que puede herir sus sentimientos.

-Virginia Shea publicó en 1994 diez reglas de netiqueta que algunos han considerado definitivas, y entre las que se cuenta la muy caritativa de “no abusar del propio poder” y “perdonar los errores ajenos”.


Otros aparatos electrónicos como el móvil también exigen reglas que impidan que molesten a los demás, como apagarlo o ponerlo en silencio si estamos en una reunión o en un concierto, para no distraer o molestar a otras personas…


Texto para comentar

"Se ha dicho que Internet hoy es una gran conversación, y es cierto. Pero hay conversaciones de a dos; hay gente que habla en tono pausado y otra que grita para hacerse oír (...) Todo eso también se encuentra en la Red, y hay que aprender a comportarse...".
 Manual de urbanidad y buenas maneras en la red, José A. Millán (Melusina, 2008).

En esta obra, José A. Millán hace referencia a temas tan delicados como qué hacer con los correos electrónicos que hemos intercambiado con un amante o qué disposiciones tomar acerca de la documentación digital que hemos generado para el día que faltemos…

Bibliografía y enlaces

Garanz. Internet a los cuarenta. Anaya 1996

Netiqueta Wikipedia
Netiqueta Uned

10 de enero de 2010

Plutarco. Educación o adulación



"Unicamente aquellos que han aprendido a desear lo que deben, viven como quieren" Plutarco


Plutarco nació en el año 46, en la pequeña ciudad beocia de Queronea (Grecia), siendo Beocia una tranquila provincia del imperio romano. Se dice que fue amigo del emperador Trajano.

Plutarco representa el mejor ejemplo de moralismo educativo de su época. Murió hacia el 120 de nuestra era. Se educó como otros jóvenes de su tiempo en Atenas. Allí, en la Academia fundada por Platón, recibe clases de Amonio, un filósofo de ascendencia egipcia, con quien se adentra en los secretos de las matemáticas, la retórica, la religión, y estudia las doctrinas de la filosofía platónica, pero también de la peripatética, de Epicuro y del estoicismo, con la Estoa polemizará en varias ocasiones.
Plutarco no pretendió ni resultó ser un pensador original, pero sus escritos morales (Moralia), en forma de diatriba, representan una magnífica y equilibrada síntesis de la cultura antigua, en su búsqueda constante por dirigir al hombre hacia la virtud (areté), mediante la lucha y control de las pasiones (páthê).
Como teórico de la educación resulta un verdadero clásico. Todos los esfuerzos de la educación (paideía) griega estaban concentrados en la formación del ser humano con el fin de que su comportamiento como ciudadano fuera el más provechoso para la pólis (ciudad-estado), como simple miembro de su comunidad o como figura destacada de la jerarquía política, social o religiosa.
Pero la crisis de la ciudad antigua, sustituida por entidades políticas mayores, en este caso el imperio romano, fomenta el individualismo, la desorientación y el aislamiento. En estas condiciones, que son en gran medida también las nuestras, se produce una interiorización de la educación; el ser humano perseguirá más que nunca aquella máxima tan antigua y socrática del “Conócete a ti mismo”.
En nuestros días, nada nos aleja más de un buen conocimiento de nosotros mismos que la falsa imagen que nos devuelve el espejo de la televisión, dominado por la publicidad comercial y la propaganda política, cuyo resorte fundamental para imponernos su visión de las cosas es el halago, la adulación. En relación a esto, las palabras de Plutarco cobran un sentido actual y clarividente:

“Es necesario apartar a los niños de todos los hombres perversos y, sobre todo, de los aduladores. Pues también quisiera decir ahora lo que repito con frecuencia a muchos padres: no hay especie más depravada ni que, sobre todo y rápidamente, lleve a la ruina a la juventud que la de los aduladores, los cuales aniquilan de raíz a los padres y a los hijos, afligiendo la vejez de los unos y la juventud de los otros; ofreciendo el placer como cebo irresistible de sus consejos. Los padres aconsejan a sus hijos [ricos] que sean sobrios, ellos que se embriaguen; que sean moderados, y ellos que sean impúdicos; que ahorren, y ellos que despilfarren; que amen el trabajo, y ellos que sean negligentes, diciendo: ‘la vida toda es un instante, conviene vivir no vegetar’” Sobre la educación de los hijos, 13ª.

Cuestionario
1. Escriba una semblanza sobre Plutarco de Queronea.
2. ¿Cuál era el fin principal de la educación griega (paideía)?
3. El abuso de la televisión ¿facilita el ajustado conocimiento de nosotros mismos? Por qué.
4. ¿Por qué la tele, los publicistas y los propagandistas, adulan a los telespectadores?
5. ¿Por qué los aduladores pervierten a la juventud?
6. ¿Conoce usted la fábula de El Cuervo y el Zorro? ¿Cuál es su moraleja?

Comente por extenso el texto de Plutarco con que acaba la entrada 

5 de enero de 2010

Pertenencia y participación. Identidad democrática

En un reciente artículo*, Fernando Savater distingue entre la identidad de pertenencia (a una cultura, una fe, una nación, una raza) y la identidad democrática. La primera, la identidad de pertenencia, se convierte muchas veces en un blindaje que pretende justificar excepciones en base a la adscripción del ciudadano a tal o cual grupo identitario.
La distinción puede resumirse en la distinción entre ser y estar. Cada individuo configura su identidad en base a una serie de identidades yuxtapuestas. Unas impuestas por la biología (macho o hembra, payo o gitano) o por la geografía (europeo o asiático, gallego o catalán) o por la historia (cristiano o budista), mientras que otras provienen de elecciones personales, según nuestros afectos, creencias y aficiones (socio de Greenpeace o fan de Chenoa). Hay cosas que somos desde la cuna (diestros o zurdos, morenos o rubios) y otras que nos empeñamos en ser: “ciertas identidades nos apuntan y al resto nos apuntamos”.
Cada cual tiene, por supuesto, el derecho a ser lo que quiera ser, socio del Madrid o del Barcelona, incluso a creerse ser esto o aquello, vasco “puro” o andaluz “de pura cepa”, o a intentar ser el mejor artista, el más hábil jugador de fútbol, el más competente científico, el más exitoso comerciante... Uno puede aspirar a ser considerado modelo de elegancia u honesto padre de familia… Se trata de una aventura personal, biográfica.
Pero la identidad democrática es otra cosa, no expresa tanto una manera de ser como una manera de estar. De estar junto a otros, para convivir, emprender y cooperar en tareas comunes, pese a las diferencias de lo que cada uno sea o pretenda ser.
El único requisito que se impone a la identidad democrática es que respete las normas básicas de convivencia y los principios generales que los españoles nos hemos dado en la Constitución Española.
No hay cánones definitivos para ser español: se puede ser español y católico o ateo, musulmán o agnóstico, blanco, mulato, amarillo o negro del todo, hablar euskera, castellano o catalán, ser homosexual, heterosexual o célibe, disfrutar de las corridas de toros o abstenerse de ir a ellas…, pero sí hay normas y límites para estar en España como ciudadano de una democracia avanzada, beneficiándose de los derechos que nuestra constitución protege (educación, sanidad, libertad de expresión, etc). Por ejemplo, uno no puede, siendo español, mutilar a su hija, secuestrar a quien quiera, violar a un niño o maltratar a las mujeres impunemente.
De modo que la pregunta interesante no indaga lo que significa ser español, sino lo que exige ser ciudadano de España. Los campanarios o los minaretes no amenazan las libertades públicas, sino aquellos creyentes que ponen su pertenencia religiosa por encima de sus obligaciones cívicas, pues las dichas obligaciones (respetar la propiedad y el descanso ajenos, pagar impuestos, etc.) permiten que todas las creencias (religiosas, filosóficas o políticas) convivan sin desgarramientos, violencias ni privilegios.
Así pues, frente a la cultura de la pertenencia, acrítica, blindada, basada en el “nosotros somos así”, está la cultura de la participación, cuyas adhesiones son revisables y buscan la integración de lo diferente en lugar de limitarse a celebrar la unanimidad de lo mismo. La cultura de la participación respeta el ser de cada cual pero lo subordina en asuntos necesarios al estar juntos, a las normas de convivencia con quienes son de otro modo.
El problema de fondo es que las identidades particulares (los particularismos) con las que cada uno definimos lo que somos gozan de una calidez entusiasta y egocéntrica (o egoísta) a la que difícilmente puede aspirar la más genérica, cosmopolita y compartida unidad democrática. Cada cual disfruta o padece su ser y sólo se resigna a estar con los demás, soportando o tolerando sus diferencias de criterio, gustos y maneras de comportarse. De ahí la importancia de una educación cívica, de una Educación para la Ciudadanía que razone y persuada para la formación de un carácter verdaderamente democrático en todos los aspectos.

(*) “Sobre la identidad democrática”, EL PAÍS, 29 Dic. 2009, pg. 21.

Cuestionario
1. Es lo mismo la identidad de pertenencia que la democrática.
2. Distinga entre rasgos identitarios heredados y elegidos. Confeccione sendas listas con los suyos propios.
3. ¿Por qué la identidad democrática tiene que ver con el estar más que con el ser?
4. ¿Por qué debe subordinarse la identidad de pertenencia a la identidad democrática? ¿Por qué es tan difícil conseguir esto?
5. Contraste la cultura de la pertenencia a la cultura de la participación.
6. ¿Qué requisito impone obligatoriamente la identidad democrática?
7. Explique por qué es importante y necesaria una buena eduación para la ciudadanía.

20 de diciembre de 2009

Urbanidad


"Ser natural es la más difícil de las poses"
Oscar Wilde


Las normas de educación -cualquier educación- corrigen la espontaneidad natural.

"¡No cruces en rojo!", "no te eruptes en público", "¡no levantes la voz a mamá!" -así mandan o deberían mandar los padres...



Los manuales de urbanidad son tan antiguos como la civilización, como las ciudades. "Urbanidad" viene del latín "urbanitas". La palabra empezó significando vida ciudadana, incluso vida de Roma, pero acabó significando también comedimiento, trato cortés, bueno gusto, elegancia, gracia...

'Urbem' es el acusativo latino de la voz que significa ciudad. Y ya sabemos que el humano es "animal político", "animal urbano". Lo que distingue a una sociedad urbana, abierta y cambiante, de una sociedad rural y tradicional, es que en la primera uno debe relacionarse con desconocidos continuamente. La convivencia con personas a las que no conocemos de nada y con las que no tenemos familiaridad alguna es imposible y fuente incesante de conflictos si se carece de buenos modales.

La idea de disciplinar al cuerpo, sus apetitos, caprichos, deseos, afectos y pasiones, para que adquiera bellas maneras es parte principal de la literatura pedagógica universal, de la urbanidad, de la educación para la ciudadanía. No hay que prohibir lo que a nadie se le ocurre hacer. Así que cuando en un manual de urbanidad se dice por ejemplo que "no hay que escupir en el suelo de la casa propia y menos en la ajena" (M. A. Carreño, 1898) podemos concluir que en esa época estaba bastante extendida la fea costumbre de escupir en el suelo, o en "escupideras".

La "urbanidad" casi se olvidó durante la Edad Media, salvo en las cortes aristocráticas (de ahí la voz "cortesía" para referir a los buenos modales de los "señores"). El gran humanista Erasmo de Rotterdam creía que un verdadero caballero y una verdadera dama debían distinguirse sobre todo por su forma de comportarse. La idea ha llegado -si bien demasiado débilmente- hasta nuestros días.
En la segunda parte de la gran obra de Cervantes, don Quijote ofrece un discurso a Sancho para que sepa comportarse cuando sea gobernador de la ínsula Barataria: "lo primero que te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uñas... Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala. Come poco y cena más poco... Ten en cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de eruptar delante de nadie".
La clave está en que a Sancho no se le vea "el pelo de la dehesa", o sea, su rusticidad y villanía. Hay por tanto en las recomendaciones de la pedagogía de la urbanidad un cierto aire de doblez e incluso de hipocresía. Se trata de simular afectos, como la simpatía o el respeto, incluso si no se sienten, a fin de que la vida social con desconocidos sea agradable y no genere peleas.
Un gran moralista como Baltasar Gracián (1601-1658), en su Oráculo Manual y Arte de Prudencia recomienda con gracia el disimulo, la máscara de la discreción, pues el cómo se hacen las cosas resulta, muchas veces, más importante que la realidad de lo que hacemos:
"No basta la subtancia, requiérese también la circunstancia. Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón; el bueno todo lo suple, dora el no, endulza la verdad, y afeita la misma vejez. Tiene gran parte en las cosas el cómo, y es tahur de los gustos el modillo. Un bel portarse es la gala del vivir; desempeña singularmente todo buen término".
Gracián nos anima constantemente a la contención: "no hay mayor señorío que el de sí mismo, de sus afectos, que llega a ser triunfo del albedrío" porque "no sólo ha de ser aliñado el entender: también el querer, y más el conversar". Y el aragonés nos advierte del peligro de una exagerada sinceridad y confianza, pues ya se sabe que donde hay confianza... da asco: "Perecieron muchos de confidentes... Los secretos, ni oírlos, ni decirlos".
A finales del siglo XIX se introdujo la asignatura de Urbanidad en las escuelas, dirigida a una clase social acomodada y urbana, antecedente histórico de nuestra Educación para la ciudadanía. En la época de la Restauración (1876-1931), época de progreso y cambios, los manuales de reglas "de etiqueta y cortesía" se escriben sobre todo para los que se disponen a subir de categoría social, por ejemplo a través de estudios superiores y el ejercicio profesional liberal (profesor, médico, abogado...). Se trata de imitar con soltura a los que ya están arriba. Si uno aprende a comportarse, la sociedad olvidará su humilde origen.
Muchas de estas reglas nos parecen hoy sexistas, inútiles e incluso ridículas: "una señorita no debe salir nunca de casa sin ir acompañada, por lo menos antes de cumplir treinta años", o "no está permitido a un hombre el permanecer en su casa sin corbata, en mangas de camisa, sin medias [calcetines], ni con los pies mal calzados". En La elegancia en el trato social (1897), la vizcondesa Bestard de la Torre intenta encorsetar los comportamientos de las "niñas bien". Así, después de la ceremonia de petición de mano, el novio puede pasear con la novia y con su futura suegra, pero tendrá que dar el brazo a la madre, no a la "prometida".
El libro de Fernando Nicola Los niños mal educados (1903) se apoya en la creencia de que la mera instrucción escolar no puede alcanzar el ideal más completo de la educación doméstica. Depurados de excesos, estos libros nos siguen ofreciendo consejos prácticos y útiles para una verdadera educación ciudadana. A continuación damos un ejemplo de estos manuales, que pretendieron condicionar la espontaneidad salvaje de los comportamientos, a través de buenos consejos. Pertenece al libro de José Codina, Urbanidad en verso para uso de las niñas (1857):
Reglas para la conversación
Para que seas amada
de los demás ten en cuenta
que siempre amable y atenta
con ellos te has de mostrar.
Jamás a persona alguna
nombres por motes o apodos,
y arguye falta de modos
sin discreción tutear.
Oye mucho y habla poco,
y siempre oportunamente,
que el silencio es elocuente
a la mejor ocasión.
En conversación ajena
no entres sin ser invitada,
si lo fueres, mesurada
toma parte en la cuestión.
De tus actos y expresiones
destierra todo artificio,
que es el más infame vicio
en que se puede incurrir.
Ten presentes las palabras
que cierto rey a su hijo
al despedirse le dijo:
"Antes morir que mentir".
Como la verdad no siempre
con agrado es escuchada,
si es lícito, sé callada,
e ingenua con discreción.
Detesta a aquellos aleves
que adulan a los presentes
y hablan mal de los ausentes
cebándose en su opinión.
Con personas de carácter
no hables con tono subido,
o en extremo deprimido,
ni con precipitación,
en general, ten en cuenta
que es más grata y preferible
una voz dulce y flexible
sin fingida entonación...

Cuestionario
1. ¿Qué es la urbanidad? ¿De dónde viene la palabra?
2. ¿Es siempre buena o útil la "espontaneidad natural"?
3. Defina "cortesía". ¿Qué reglas de cortesía le recomienda don Quijote a Sancho Panza?
4. ¿Es siempre mala la simulación? ¿Qué emociones debemos disimular a veces? Imagine un contexto en que convenga disimular lo que sentimos o pensamos.
5. Explique por qué escribe Gracián que es "tahur de los gustos el modillo".
6. Defina "discreción", ¿se considera usted discreto?
7. Defina "contención", ¿sabe usted contenerse?, ¿qué emociones le cuesta más disimular?
8. Resuma la historia de la asignatura de Urbanidad en las escuelas.
9. ¿Por qué alguna de las reglas de la Urbanidad tradicional nos parecen hoy sexistas, inútiles o ridículas? Ponga ejemplos.
10. Pregunte a sus familiares mayores qué reglas les enseñaron en su infancia que luego se han olvidado. Y si ha sido bueno ese olvido. Luego, redacte una encuesta con sus respuestas. Añada sus propias conclusiones.
11. Los modales, ¿se aprenden en el propio domicilio o en la escuela?
12. Esquematice las reglas de conversación del manual de José Codina. ¿Le parecen pertinentes hoy?
13. ¿Cuál es su opinión sobre tl "tuteo"? ¿Cree usted que debe generalizarse?
14. ¿Por qué es un vicio de la conversación el artificio?
15. ¿Son todas las verdades para ser dichas?
16. Explique al noción de "persona de carácter".
  

27 de noviembre de 2009

Naturaleza y virtud

Lección 2, cuestiones 1. y 7.

La mayoría del alumano está seguro de que nadie es bueno o malo por naturaleza, puesto que no elegimos cómo nacemos, ni dónde, ni con qué disposiciones o aptitudes, si más altos o más bajos, más despabilados o torpes, si más activos o miedosos, si más irritables o insensibles...

Sin embargo, al preguntar si la virtud (el mérito o la excelencia moral) es natural o artificial -pregunta 7.- casi todos afirman que es natural.
Esto puede deberse a que la palabra "natural" está cargada de connotaciones positivas en la opinión pública actual. La publicidad ha hecho de "lo natural" una especie de mística bastante contradictoria: así, un champú se vende como algo "natural" porque contiene esencia de camomila o de ortiga, aunque haya sido producido industrialmente mediante sofisticadas técnicas de laboratorio...

La respuesta a esta pregunta: si la virtud es fruto del arte y la técnica o, por el contrario, surge espontáneamente de nuestra naturaleza, no es fácil. Un famoso filósofo inglés, David Hume, se preguntó esto en su Tratado sobre la naturaleza humana (1740).
Según el escocés, la respuesta a esta pregunta depende de lo que entendamos por "naturaleza":


1) Si entendemos por "natural" lo contrario de lo milagroso, podemos considerar a la virtud algo natural en el sentido de que no cae del cielo ni es una propiedad milagrosa del comportamiento humano. Esta consideración debió costarle a Hume serios disgustos con la religión de su tiempo, pues la teología moral cristiana afirma que las principales virtudes (fe, esperanza y caridad) son gracias o dones divinos.


2) Si entendemos por "natural" lo contrario a lo que es inhabitual o raro, entonces la respuesta a si la virtud es algo natural o no-natural depende de lo que entendamos por "virtud". La "virtud" heroica, por ejemplo, de quien con peligro de su vida ayuda a otros, es bastante rara, pero la virtud normal, de quienes no roban, al menos todos lo días, ni asesinan, ni humillan a sus semejantes..., la virtud de quienes quieren a sus hijos y son respetuosos con los demás, es más bien algo corriente, y por tanto natural. "To er mundo e güeno" no deja de ser una exageración andaluza, pero contiene algo de verdad, y es que la sociedad es posible porque la mayoría de la gente está más bien dispuesta a cooperar con los demás, aun en beneficio propio, que a fastidiarlos y fastidiarse.


3) Sin embargo, si entendemos por "natural" lo contrario a "lo artificioso", a lo que es fruto del ejercicio, hijo del esfuerzo y del ingenio humano, entonces hemos de concluir que la virtud no es espontánea en nosotros, sino el resultado de la educación y las convenciones sociales.

Naturalmente, nacemos con unas u otras disposiciones: a ser estables o inestables, ruidosos o tranquilos, vanidosos o humildes, audaces o retraídos, optimistas o pesimistas, violentos o pacíficos... Pero todas estas disposiciones naturales, aunque no puedan inhibirse del todo, sí pueden modelarse a voluntad, y reprimirse o desarrollarse según nuestras conveniencias, exigencias, intenciones y decisiones, al menos en parte.

¿Cómo? Mediante el ejercicio y el entrenamiento. Nadie nace sabiendo tocar el piano. Se hará un "virtuoso" del piano si se somete durante años a penosos y largos estudios de solfeo y ejercicios de interpretación. La palabra "virtuoso", que usamos cuando nos referimos a quien domina un instrumento musical, tiene un significado más técnico o estético, que ético o moral. Pero tanto el que domina un instrumento como el que domina sus acciones tienen algo en común: que sólo han conseguido eso después de un largo proceso de educación y entrenamiento.

Una persona, a pesar de sus tendencias naturales a quedarse en cama, calentito, por las mañanas, hace el esfuerzo de levantarse, se sobrepone a sus ganas de permanecer cómodo allí, se aguanta y manda a su propio cuerpo que se levante... en beneficio de su educación, si ha de levantarse para ir al instituto, o actúa por sentido del deber, o simplemente, por obediencia a su madre, cuyo cariño y confianza no quiere perder, y que le anima a levantarse. No hace lo que le da la gana, sino lo que sabe que le conviene. De este modo, supera su innata (natural) tendencia a la pereza. Si hace esto todos los días, su diligencia (nombre de una importante virtud) se volverá hábito, costumbre, la buena costumbre de madrugar los días laborables, es decir, se hará virtud. Podremos decir de él que es un tipo diligente y no perezoso. Ha aprendido a ser diligente, en lugar de entregarse al feo vicio de la pereza. La virtud es, por tanto, fruto de un aprendizaje y no el desarrollo espontáneo de una tendencia natural.

Puede que tengamos tendencia a la avaricia, a "no dar ni los buenos días"... ¿Cómo se vuelve uno, entonces, generoso? Ejercitándose en la generosidad, haciendo actos generosos, obligándose a dar cuando su tendencia es la racanería. Pasa lo mismo con montar en bicicleta. Uno puede estudiar lo que es una bicicleta, o recibir clases teóricas sobre cómo montarla, pero al final, sólo aprenderá a montar en bicicleta dando pedales sobre ella. Puede que se caiga alguna vez, tendrá que echarle valor a la cosa, pero al final, aprenderá a hacer lo que no es natural hacer. Por eso decía Aristóteles que somos lo que hacemos. Biológicamente somos hijos de papá y de mamá, pero, moralmente, somos hijos de nuestras elecciones y de nuestros actos.

Esto quiere decir que, al menos en parte, nos fabricamos a nosotros mismos. A menos que..., a menos que estemos completamente "desmoralizados", somos animales autocreativos (o autodestructivos), mantenemos sucia o limpia nuestra casa y nuestra ciudad, a voluntad, podemos empeorarnos o mejorarnos a nosotros mismos y, por tanto, somos responsables de nuestra constitución personal y moral, de nuestro carácter, que no nos es impuesto por el oscuro azar de los genes (como el temperamento) sino elegido en parte según las decisiones que tomamos.

En resumen: No nacemos hechos seres humanos. Humanizarnos, construirnos a nosotros mismos, llegar a ser personas saludables, dignas y felices, es el arte más valioso, el más emocionante y el más difícil. Y cada uno puede hacerse, partiendo de sus aptitudes, según la particular idea que tenga de sí, pero sobre todo, según sus aspiraciones, desarrollando actitudes nuevas y originales que conformarán su personalísimo carácter.

31 de octubre de 2009

Fundamento antropológico de la autonomía


Cuestiones 1, 2, 8 y 10 de la Lección 1

"La disciplina ha hecho al ser humano" Kant

¿Por qué somos animales responsables? O sea, ¿por qué tenemos que responder de lo que hacemos, ante nuestra conciencia, ante los demás, ante las autoridades, ante los tribunales? ¿Por qué no vivimos inocentes en el "paraíso de las bestias"? Ningún tigre se avergüenza por matar y devorar a un cervatillo, ningúna babosa se siente culpable...

1) Autodominio. En primer lugar, podemos y debemos dominar nuestros impulsos, apetitos, deseos, emociones, pasiones y sentimientos. Esto nos da un gran poder sobre la naturaleza y sobre nosotros mismos. Así evitamos por ejemplo poner nuestra vida en riesgo persiguiendo un capricho o un placer efímero. Inhibimos nuestros impulsos al son que nos marcan dos emociones sociales básicas: la vergüenza y la culpa. Nos avergüenza que la persona que apreciamos nos mire con reproche o nos regañe.

El desarrollo del autocontrol es uno de los logros más impresionantes de los niños, tal vez sea la gran diferencia entre la inteligencia animal y la inteligencia humana. El ser humano sabe aguantarse, reprime el hambre si teme que cierta comida le siente mal, y la sed, si sabe que cierta bebida está o puede estar envenenada...

2) Deliberación y elección. Los animales ven y aprenden; pero nosotros, además, decidimos lo que queremos ver y aprender. Dirigimos voluntariamente nuestra atención (*) hacia lo que creemos útil, placentero, interesante o valioso. El bien es lo que todos los seres apetecen, pero nuestro apetecer está orientado por recuerdos, cálculos y previsiones. Los animales atienden mecánicamente aquellos estímulos que resultan relevantes por su naturaleza o intensidad, así un ruido asusta al pájaro y este huye; nosotros no huimos por el ruido de un camión si éste pasa rugiendo por la calle mientras nos sabemos seguros sobre la acera.

Los animales tienen libre albedrío, pueden actuar arbitrariamente ajustándose, eso sí, al medio físico en el que sobreviven, se reproducen y se desenvuelven con más o menos éxito. Nosotros elegimos entre conductas alternativas en un horizonte de posibilidades que los animales no pueden ni entrever. Naturalmente, actuamos por los motivos básicos, buscando las conductas que nos parecen (equivocadamente o no) más saludables, felices y dignas.

3) Para ello es fundamental la previsión, la visión del futuro antes de que suceda. El ser humano es un animal previsor, imagina, antes de que sucedan, las consecuencias de sus actos. Así, por ejemplo, sabemos que si -irritados por un insulto u ofensa- le damos con la sartén al prójimo en la cabeza podemos causarle un daño, que puede ser irreparable. Responsabilidad significa esto: que podemos y debemos responder de lo que hacemos. La imaginación nos permite, también, ponernos en lugar del otro, y así podemos compadecernos de él mediante la empatía.

La inhibición o represión consciente de los caprichos y emociones (autodominio), la posibilidad de elección de la mejor entre conductas alternativas (autonomía) y la previsión y responsabilidad nos hacen relativamente libres.
Para conseguir este control sobre su conducta (incluyendo en ella, hasta cierto punto, sus pensamiento y sentimientos), el niño y el adolescente deben aprender a aguantarse, limitar, modelar y encauzar sus impulsos, incluso aquellos que están cargados de emociones.
El desarrollo del lenguaje tiene un papel decisivo en la aparición del autocontrol de las emociones y acciones, pues su función conativa o directiva nos permite dar(nos) órdenes.
La búsqueda de la autonomía (libertad) conduce a la autorregulación racional de los deseos y sentimientos, que a su vez es fomentada y dirigida por la interiorización de las normas morales.
El resultado es la disciplina o aprendizaje de la autonomía a través del sentido del deber.

El niño lo consigue a través de tres etapas:
1) Explora los límites, desobedece, dice que no...
2) Provoca para obtener una definición clara de las normas, porque el niño necesita saber a qué atenerse.
3) Asimila las restricciones como hábitos permanentes de su carácter y personalidad.

Según Selma Fraiberg un niño que ignora la disciplina es un niño que no se siente amado. Un niño o niña al que no impedimos que atraviese la calle con el semáforo en rojo, por ejemplo, cuando ella o él saben que deberían detenerse, ¡piensan que su comportamiento no importa a nadie!

No nacemos libres, sino que es necesario aprender a serlo. Cuando nacemos y durante mucho tiempo somos dependientes de otras personas que nos cuidan y del medio físico y social en el que nos movemos y crecemos. El aprendizaje de la autonomía (libertad) implica dominio de los deseos, de los apetitos y de las emociones.


(*) La racionalidad, la conciencia, el alma como yo ejecutivo o como inteligencia voluntaria reobra sobre la percepción orientándola, este es el milagro del control voluntario de la atención o, simplemente, de la atención, ensimismamiento, concentración como capacidades propiamente humanas. Véase sobre este asunto nuestra entrada
http://diccionariosubjetivo.blogspot.com/2009/10/atencion.html