En la antigüedad los seres humanos creían que las leyes eran dictadas por los dioses y reveladas por ellos a los hombres. Se confundía el orden divino y natural con el ordenamiento moral y legal. Se pensaba que un legislador inspirado por Dios mismo (como Moisés o Licurgo) había entregado las normas de comportamiento a la humanidad, estableciendo así lo justo y lo injusto para siempre. Se pensaba que Dios mismo otorgaba el poder a una familia, a un brujo, a los más ancianos de la tribu, o a un líder carismático[1]: el cacique, la nobleza, el caudillo, el señor, o el rey.
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1 de febrero de 2009
4. Democracia y autonomía
En la antigüedad los seres humanos creían que las leyes eran dictadas por los dioses y reveladas por ellos a los hombres. Se confundía el orden divino y natural con el ordenamiento moral y legal. Se pensaba que un legislador inspirado por Dios mismo (como Moisés o Licurgo) había entregado las normas de comportamiento a la humanidad, estableciendo así lo justo y lo injusto para siempre. Se pensaba que Dios mismo otorgaba el poder a una familia, a un brujo, a los más ancianos de la tribu, o a un líder carismático[1]: el cacique, la nobleza, el caudillo, el señor, o el rey.
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27 de octubre de 2008
1. El Animal Político
| Estación de tren de Taormina (Sicilia) |
No somos como los animales. Sus comportamientos están regulados por instintos. También nuestros actos dependen de los instintos, de las ganas. Pero no siempre podemos hacer lo que nos da la gana, a no ser que queramos comportarnos como animales. Somos un animal tan especial que podemos hacer lo que no nos da la gana. Eso sucede cuando hacemos algo que merece la pena aunque no nos guste, o cuando sacrificamos un bien menor por un bien mayor.
Nuestro comportamiento también depende, pues, de las costumbres y de las intenciones, que pueden ser buenas o malas, y no sólo de las ganas. El animal hace sólo lo que le da la gana. Se puede decir que es "esclavo" de sus ganas e instintos, despertados por estímulos externos; mientras que los seres humanos hacemos lo que creemos que nos conviene, aun sin ganas. Por ejemplo, nos lavamos los dientes todos los días para conservarlos sanos, o limpiamos la mesa después de comer, aunque no nos apetezca; guardamos una chuchería para el recreo, aunque tengamos muchas ganas de devorarla; dejamos pasar a una señora cargada por la acera, aunque tengamos prisa; el buen conductor respeta los límites de velocidad, aunque tenga ganas de correr como Fernando Alonso; sacamos la basura al contenedor, aunque no sea una actividad agradable, etc.
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