19 de febrero de 2012

Caín y el payaso


Por José Biedma

A mi alumnado de Educación para la Ciudadanía,
muy especialmente para Borja y Pablo.

Me llamo Harold. Soy grandote, pero doy algo de pena. Como mis movimientos resultan  patosos y desmañados, la gente, desde que era un niño, se ríe fácilmente de mí.

Nací en Haarlem, una ciudad de Holanda. Es un lugar tranquilo en la desembocadura del río Spaarne, a 20 kilómetros  de Ámsterdam. En mi ciudad hay museo de pintura, donde se exponen cuadros de maestros del siglo XVII. Lleva el nombre de uno de ellos: Fran Hals, que murió en Haarlem, en plena Edad de Oro de la pintura flamenca. De pequeño, cuando mi maestra me llevó a ver esas pinturas, me quedé tan impresionado que quise ser retratista. Pero pronto me di cuenta de que carecía de aptitudes para el dibujo.

21 de diciembre de 2010

CIBERURBANIDAD Y NETIQUETA

La Internet, es una gran ciudad en expansión, como en cualquier ciudad, para poder convivir, se deben respetar ciertas normas de ciberurbanidad: “cibermaneras”, “Netiqueta” (contracción de “net”, en inglés, red, y “etiqueta”).

Por “etiqueta” entendemos el estilo, las normas, los usos y costumbres que deben guardarse en los actos públicos y solemnes. Creo que la Red de redes (Internet) no tiene mucho de solemne, pero la inmensa mayoría de nuestros actos en la red son actos públicos y deberían asumir ciertas normas.

Por “urbanidad” entendemos la corrección y cortesía en el trato con los demás; y por “maneras”, los modales o forma de comportarse de una persona en los espacios públicos e incluso en sus relaciones privadas e íntimas.

Hoy, la Internet no es una red de comunicación minoritaria, sino masiva, y lo va ser cada vez más. Muchos entran en ella como un elefante en una cacharrería, desconociendo las normas mínimas de convivencia que deben guardarse en cualquier sociedad, y la Red es una sociedad global, planetaria.

Si aprovechamos los recursos del correo electrónico, de un portal, de un grupo de noticias, de un foro de debate, o de una red social, de un cuaderno de bitácora (blog), de una wiki... debemos respetar ciertas normas. Algunas son muy generales como no amenazar ni insultar ni incluir palabras malsonantes y groseras, o respetar las reglas de ortografía, otras son específicas del medio:


-Debemos consultar de vez en cuando nuestro buzón o buzones, y limpiarlo(s), a fin de que no se pierdan mensajes. Las personas a quienes hemos dado nuestra dirección pueden haber mandado información relevante y estar esperando una respuesta. Comparta su conocimiento con los demás, y ayude a los novatos en lo que pueda.

-Borre inmediatamente los mensajes no deseados (spam, correo basura), ocupan un espacio que puede necesitar para algo importante.

10 de enero de 2010

Plutarco. Educación o adulación



"Unicamente aquellos que han aprendido a desear lo que deben, viven como quieren" Plutarco


Plutarco nació en el año 46, en la pequeña ciudad beocia de Queronea (Grecia), siendo Beocia una tranquila provincia del imperio romano. Se dice que fue amigo del emperador Trajano.

Plutarco representa el mejor ejemplo de moralismo educativo de su época. Murió hacia el 120 de nuestra era. Se educó como otros jóvenes de su tiempo en Atenas. Allí, en la Academia fundada por Platón, recibe clases de Amonio, un filósofo de ascendencia egipcia, con quien se adentra en los secretos de las matemáticas, la retórica, la religión, y estudia las doctrinas de la filosofía platónica, pero también de la peripatética, de Epicuro y del estoicismo, con la Estoa polemizará en varias ocasiones.
Plutarco no pretendió ni resultó ser un pensador original, pero sus escritos morales (Moralia), en forma de diatriba, representan una magnífica y equilibrada síntesis de la cultura antigua, en su búsqueda constante por dirigir al hombre hacia la virtud (areté), mediante la lucha y control de las pasiones (páthê).

5 de enero de 2010

PERTENENCIA Y PARTICIPACIÓN. Identidad democrática


En un revelador artículo*, Fernando Savater distingue entre la identidad de pertenencia (a una cultura, una fe, una nación, una raza) y la identidad democrática. La primera, la identidad de pertenencia, se convierte muchas veces en un blindaje que pretende justificar excepciones y privilegios en base a la adscripción del ciudadano a tal o cual grupo identitario.

La distinción puede resumirse en la distinción entre ser y estar. Cada individuo configura su identidad en base a una serie de identidades yuxtapuestas. Unas impuestas por la biología (macho o hembra, payo o gitano) o por la geografía (europeo o asiático, gallego o catalán) o por la historia (cristiano o budista), mientras que otras provienen de elecciones personales, según nuestros afectos, creencias y aficiones (socio de Greenpeace o fan de Chenoa). Hay cosas que somos desde la cuna (diestros o zurdos, morenos o rubios) y otras que nos empeñamos en ser: “ciertas identidades nos apuntan y al resto nos apuntamos”.

Cada cual tiene, por supuesto, el derecho a ser lo que quiera ser, socio del Madrid o del Barcelona, incluso a creerse ser esto o aquello, vasco “puro” o andaluz “de pura cepa”, o a intentar ser el mejor artista, el más hábil jugador de fútbol, el más competente científico, el más exitoso comerciante... Uno puede aspirar a ser considerado modelo de elegancia u honesto padre de familia… Se trata de una aventura personal, biográfica.

Pero la identidad democrática es otra cosa, no expresa tanto una manera de ser como una manera de estar. De estar junto a otros, para convivir, emprender y cooperar en tareas comunes, pese a las diferencias de lo que cada uno sea o pretenda ser.

El único requisito que se impone a la identidad democrática es que respete las normas básicas de convivencia y los principios generales que los españoles nos hemos dado en la Constitución Española.

No hay cánones definitivos para ser español: se puede ser español y católico o ateo, musulmán o agnóstico, blanco, mulato, amarillo o negro del todo, hablar euskera, castellano o catalán, ser homosexual, heterosexual o célibe, disfrutar de las corridas de toros o abstenerse de ir a ellas…, pero sí hay normas y límites para estar en España como ciudadano de una democracia avanzada, beneficiándose de los derechos que nuestra constitución protege (educación, sanidad, libertad de expresión, etc). Por ejemplo, uno no puede, siendo español, mutilar a su hija, secuestrar a quien quiera, violar a un niño o maltratar a las mujeres impunemente.

De modo que la pregunta interesante no indaga lo que significa ser español, sino lo que exige ser ciudadano de España. Los campanarios o los minaretes no amenazan las libertades públicas, sino aquellos creyentes que ponen su pertenencia religiosa por encima de sus obligaciones cívicas, pues las dichas obligaciones (respetar la propiedad y el descanso ajenos, pagar impuestos, etc.) permiten que todas las creencias (religiosas, filosóficas o políticas) convivan sin desgarramientos, violencias ni privilegios.

Así pues, frente a la cultura de la pertenencia, acrítica, blindada, basada en el “nosotros somos así”, está la cultura de la participación, cuyas adhesiones son revisables y buscan la integración de lo diferente en lugar de limitarse a celebrar la unanimidad de lo mismo. La cultura de la participación respeta el ser de cada cual pero lo subordina en asuntos necesarios al estar juntos, a las normas de convivencia con quienes son de otro modo.

El problema de fondo es que las identidades particulares (los particularismos) con las que cada uno definimos lo que somos gozan de una calidez entusiasta y egocéntrica (o egoísta) a la que difícilmente puede aspirar la más genérica, cosmopolita y compartida unidad democrática. Cada cual disfruta o padece su ser y sólo se resigna a estar con los demás, soportando o tolerando sus diferencias de criterio, gustos y maneras de comportarse. De ahí la importancia de una educación cívica, de una Educación para la Ciudadanía que razone y persuada para la formación de un carácter verdaderamente democrático en todos los aspectos.

(*) “Sobre la identidad democrática”, EL PAÍS, 29 Dic. 2009, pg. 21.

Cuestionario

1. ¿Es lo mismo la identidad de pertenencia que la democrática?
2. Distinga entre rasgos identitarios heredados y elegidos. Confeccione sendas listas con los suyos propios.
3. ¿Por qué la identidad democrática tiene que ver con el estar más que con el ser?
4. ¿Por qué debe subordinarse la identidad de pertenencia a la identidad democrática? ¿Por qué es tan difícil conseguir esto?
5. Contraste la cultura de la pertenencia a la cultura de la participación.
6. ¿Qué requisito impone obligatoriamente la identidad democrática?
7. Explique por qué es importante y necesaria una buena eduación para la ciudadanía.

20 de diciembre de 2009

Urbanidad


"Ser natural es la más difícil de las poses"
Oscar Wilde


Las normas de educación -cualquier educación- corrigen la espontaneidad natural.

"¡No cruces en rojo!", "no te eruptes en público", "¡no levantes la voz a mamá!" -así mandan o deberían mandar los padres...



Los manuales de urbanidad son tan antiguos como la civilización, como las ciudades. "Urbanidad" viene del latín "urbanitas". La palabra empezó significando vida ciudadana, incluso vida de Roma, pero acabó significando también comedimiento, trato cortés, bueno gusto, elegancia, gracia...

'Urbem' es el acusativo latino de la voz que significa ciudad. Y ya sabemos que el humano es "animal político", "animal urbano". Lo que distingue a una sociedad urbana, abierta y cambiante, de una sociedad rural y tradicional, es que en la primera uno debe relacionarse con desconocidos continuamente. La convivencia con personas a las que no conocemos de nada y con las que no tenemos familiaridad alguna es imposible y fuente incesante de conflictos si se carece de buenos modales.

27 de noviembre de 2009

Naturaleza y virtud

Lección 2, cuestiones 1. y 7.

La mayoría del alumano está seguro de que nadie es bueno o malo por naturaleza, puesto que no elegimos cómo nacemos, ni dónde, ni con qué disposiciones o aptitudes, si más altos o más bajos, más despabilados o torpes, si más activos o miedosos, si más irritables o insensibles...

Sin embargo, al preguntar si la virtud (el mérito o la excelencia moral) es natural o artificial -pregunta 7.- casi todos afirman que es natural.
Esto puede deberse a que la palabra "natural" está cargada de connotaciones positivas en la opinión pública actual. La publicidad ha hecho de "lo natural" una especie de mística bastante contradictoria: así, un champú se vende como algo "natural" porque contiene esencia de camomila o de ortiga, aunque haya sido producido industrialmente mediante sofisticadas técnicas de laboratorio...

La respuesta a esta pregunta: si la virtud es fruto del arte y la técnica o, por el contrario, surge espontáneamente de nuestra naturaleza, no es fácil. Un famoso filósofo inglés, David Hume, se preguntó esto en su Tratado sobre la naturaleza humana (1740).
Según el escocés, la respuesta a esta pregunta depende de lo que entendamos por "naturaleza":


1) Si entendemos por "natural" lo contrario de lo milagroso, podemos considerar a la virtud algo natural en el sentido de que no cae del cielo ni es una propiedad milagrosa del comportamiento humano. Esta consideración debió costarle a Hume serios disgustos con la religión de su tiempo, pues la teología moral cristiana afirma que las principales virtudes (fe, esperanza y caridad) son gracias o dones divinos.


2) Si entendemos por "natural" lo contrario a lo que es inhabitual o raro, entonces la respuesta a si la virtud es algo natural o no-natural depende de lo que entendamos por "virtud". La "virtud" heroica, por ejemplo, de quien con peligro de su vida ayuda a otros, es bastante rara, pero la virtud normal, de quienes no roban, al menos todos lo días, ni asesinan, ni humillan a sus semejantes..., la virtud de quienes quieren a sus hijos y son respetuosos con los demás, es más bien algo corriente, y por tanto natural. "To er mundo e güeno" no deja de ser una exageración andaluza, pero contiene algo de verdad, y es que la sociedad es posible porque la mayoría de la gente está más bien dispuesta a cooperar con los demás, aun en beneficio propio, que a fastidiarlos y fastidiarse.


3) Sin embargo, si entendemos por "natural" lo contrario a "lo artificioso", a lo que es fruto del ejercicio, hijo del esfuerzo y del ingenio humano, entonces hemos de concluir que la virtud no es espontánea en nosotros, sino el resultado de la educación y las convenciones sociales.

Naturalmente, nacemos con unas u otras disposiciones: a ser estables o inestables, ruidosos o tranquilos, vanidosos o humildes, audaces o retraídos, optimistas o pesimistas, violentos o pacíficos... Pero todas estas disposiciones naturales, aunque no puedan inhibirse del todo, sí pueden modelarse a voluntad, y reprimirse o desarrollarse según nuestras conveniencias, exigencias, intenciones y decisiones, al menos en parte.

¿Cómo? Mediante el ejercicio y el entrenamiento. Nadie nace sabiendo tocar el piano. Se hará un "virtuoso" del piano si se somete durante años a penosos y largos estudios de solfeo y ejercicios de interpretación. La palabra "virtuoso", que usamos cuando nos referimos a quien domina un instrumento musical, tiene un significado más técnico o estético, que ético o moral. Pero tanto el que domina un instrumento como el que domina sus acciones tienen algo en común: que sólo han conseguido eso después de un largo proceso de educación y entrenamiento.

Una persona, a pesar de sus tendencias naturales a quedarse en cama, calentito, por las mañanas, hace el esfuerzo de levantarse, se sobrepone a sus ganas de permanecer cómodo allí, se aguanta y manda a su propio cuerpo que se levante... en beneficio de su educación, si ha de levantarse para ir al instituto, o actúa por sentido del deber, o simplemente, por obediencia a su madre, cuyo cariño y confianza no quiere perder, y que le anima a levantarse. No hace lo que le da la gana, sino lo que sabe que le conviene. De este modo, supera su innata (natural) tendencia a la pereza. Si hace esto todos los días, su diligencia (nombre de una importante virtud) se volverá hábito, costumbre, la buena costumbre de madrugar los días laborables, es decir, se hará virtud. Podremos decir de él que es un tipo diligente y no perezoso. Ha aprendido a ser diligente, en lugar de entregarse al feo vicio de la pereza. La virtud es, por tanto, fruto de un aprendizaje y no el desarrollo espontáneo de una tendencia natural.

Puede que tengamos tendencia a la avaricia, a "no dar ni los buenos días"... ¿Cómo se vuelve uno, entonces, generoso? Ejercitándose en la generosidad, haciendo actos generosos, obligándose a dar cuando su tendencia es la racanería. Pasa lo mismo con montar en bicicleta. Uno puede estudiar lo que es una bicicleta, o recibir clases teóricas sobre cómo montarla, pero al final, sólo aprenderá a montar en bicicleta dando pedales sobre ella. Puede que se caiga alguna vez, tendrá que echarle valor a la cosa, pero al final, aprenderá a hacer lo que no es natural hacer. Por eso decía Aristóteles que somos lo que hacemos. Biológicamente somos hijos de papá y de mamá, pero, moralmente, somos hijos de nuestras elecciones y de nuestros actos.

Esto quiere decir que, al menos en parte, nos fabricamos a nosotros mismos. A menos que..., a menos que estemos completamente "desmoralizados", somos animales autocreativos (o autodestructivos), mantenemos sucia o limpia nuestra casa y nuestra ciudad, a voluntad, podemos empeorarnos o mejorarnos a nosotros mismos y, por tanto, somos responsables de nuestra constitución personal y moral, de nuestro carácter, que no nos es impuesto por el oscuro azar de los genes (como el temperamento) sino elegido en parte según las decisiones que tomamos.

En resumen: No nacemos hechos seres humanos. Humanizarnos, construirnos a nosotros mismos, llegar a ser personas saludables, dignas y felices, es el arte más valioso, el más emocionante y el más difícil. Y cada uno puede hacerse, partiendo de sus aptitudes, según la particular idea que tenga de sí, pero sobre todo, según sus aspiraciones, desarrollando actitudes nuevas y originales que conformarán su personalísimo carácter.

31 de octubre de 2009

Fundamento antropológico de la autonomía


Cuestiones 1, 2, 8 y 10 de la Lección 1

"La disciplina ha hecho al ser humano" Kant

¿Por qué somos animales responsables? O sea, ¿por qué tenemos que responder de lo que hacemos, ante nuestra conciencia, ante los demás, ante las autoridades, ante los tribunales? ¿Por qué no vivimos inocentes en el "paraíso de las bestias"? Ningún tigre se avergüenza por matar y devorar a un cervatillo, ningúna babosa se siente culpable...

1) Autodominio. En primer lugar, podemos y debemos dominar nuestros impulsos, apetitos, deseos, emociones, pasiones y sentimientos. Esto nos da un gran poder sobre la naturaleza y sobre nosotros mismos. Así evitamos por ejemplo poner nuestra vida en riesgo persiguiendo un capricho o un placer efímero. Inhibimos nuestros impulsos al son que nos marcan dos emociones sociales básicas: la vergüenza y la culpa. Nos avergüenza que la persona que apreciamos nos mire con reproche o nos regañe.

El desarrollo del autocontrol es uno de los logros más impresionantes de los niños, tal vez sea la gran diferencia entre la inteligencia animal y la inteligencia humana. El ser humano sabe aguantarse, reprime el hambre si teme que cierta comida le siente mal, y la sed, si sabe que cierta bebida está o puede estar envenenada...

2) Deliberación y elección. Los animales ven y aprenden; pero nosotros, además, decidimos lo que queremos ver y aprender. Dirigimos voluntariamente nuestra atención (*) hacia lo que creemos útil, placentero, interesante o valioso. El bien es lo que todos los seres apetecen, pero nuestro apetecer está orientado por recuerdos, cálculos y previsiones. Los animales atienden mecánicamente aquellos estímulos que resultan relevantes por su naturaleza o intensidad, así un ruido asusta al pájaro y este huye; nosotros no huimos por el ruido de un camión si éste pasa rugiendo por la calle mientras nos sabemos seguros sobre la acera.

Los animales tienen libre albedrío, pueden actuar arbitrariamente ajustándose, eso sí, al medio físico en el que sobreviven, se reproducen y se desenvuelven con más o menos éxito. Nosotros elegimos entre conductas alternativas en un horizonte de posibilidades que los animales no pueden ni entrever. Naturalmente, actuamos por los motivos básicos, buscando las conductas que nos parecen (equivocadamente o no) más saludables, felices y dignas.

3) Para ello es fundamental la previsión, la visión del futuro antes de que suceda. El ser humano es un animal previsor, imagina, antes de que sucedan, las consecuencias de sus actos. Así, por ejemplo, sabemos que si -irritados por un insulto u ofensa- le damos con la sartén al prójimo en la cabeza podemos causarle un daño, que puede ser irreparable. Responsabilidad significa esto: que podemos y debemos responder de lo que hacemos. La imaginación nos permite, también, ponernos en lugar del otro, y así podemos compadecernos de él mediante la empatía.

La inhibición o represión consciente de los caprichos y emociones (autodominio), la posibilidad de elección de la mejor entre conductas alternativas (autonomía) y la previsión y responsabilidad nos hacen relativamente libres.
Para conseguir este control sobre su conducta (incluyendo en ella, hasta cierto punto, sus pensamiento y sentimientos), el niño y el adolescente deben aprender a aguantarse, limitar, modelar y encauzar sus impulsos, incluso aquellos que están cargados de emociones.
El desarrollo del lenguaje tiene un papel decisivo en la aparición del autocontrol de las emociones y acciones, pues su función conativa o directiva nos permite dar(nos) órdenes.
La búsqueda de la autonomía (libertad) conduce a la autorregulación racional de los deseos y sentimientos, que a su vez es fomentada y dirigida por la interiorización de las normas morales.
El resultado es la disciplina o aprendizaje de la autonomía a través del sentido del deber.

El niño lo consigue a través de tres etapas:
1) Explora los límites, desobedece, dice que no...
2) Provoca para obtener una definición clara de las normas, porque el niño necesita saber a qué atenerse.
3) Asimila las restricciones como hábitos permanentes de su carácter y personalidad.

Según Selma Fraiberg un niño que ignora la disciplina es un niño que no se siente amado. Un niño o niña al que no impedimos que atraviese la calle con el semáforo en rojo, por ejemplo, cuando ella o él saben que deberían detenerse, ¡piensan que su comportamiento no importa a nadie!

No nacemos libres, sino que es necesario aprender a serlo. Cuando nacemos y durante mucho tiempo somos dependientes de otras personas que nos cuidan y del medio físico y social en el que nos movemos y crecemos. El aprendizaje de la autonomía (libertad) implica dominio de los deseos, de los apetitos y de las emociones.


(*) La racionalidad, la conciencia, el alma como yo ejecutivo o como inteligencia voluntaria reobra sobre la percepción orientándola, este es el milagro del control voluntario de la atención o, simplemente, de la atención, ensimismamiento, concentración como capacidades propiamente humanas. Véase sobre este asunto nuestra entrada
http://diccionariosubjetivo.blogspot.com/2009/10/atencion.html