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Larva de la procesionaria del pino. |
Durante siglos la ciencia occidental definió al ser humano
por una propiedad específica que poseería en exclusiva y de la que carecerían
el resto de animales: inteligencia o razón (no matizaremos aquí las importantes
diferencias entre razón e inteligencia). Tal antropología o visión del hombre
no impidió que se atribuyeran conductas astutas al zorro, previsoras a la
hormiga, libertinas a la cigarra o memoriosas al elefante. Los animales suplían
la falta de inteligencia con el instinto. Sin embargo, entre el hombre, dotado
de alma inmortal, y el animal se decretaba un abismo infranqueable. A fin de
cuentas, ¡el hombre había sido creado en el último día y a semejanza de Dios!