La Internet, es una gran ciudad en expansión, como en cualquier ciudad, para poder convivir, se deben respetar ciertas normas de ciberurbanidad: “cibermaneras”, “Netiqueta” (contracción de “net”, en inglés, red, y “etiqueta”).
Por “etiqueta” entendemos el estilo, las normas, los usos y costumbres que deben guardarse en los actos públicos y solemnes. Creo que la Red de redes (Internet) no tiene mucho de solemne, pero la inmensa mayoría de nuestros actos en la red son actos públicos y deberían asumir ciertas normas.
Por “urbanidad” entendemos la corrección y cortesía en el trato con los demás; y por “maneras”, los modales o forma de comportarse de una persona en los espacios públicos e incluso en sus relaciones privadas e íntimas.
Hoy, la Internet no es una red de comunicación minoritaria, sino masiva, y lo va ser cada vez más. Muchos entran en ella como un elefante en una cacharrería, desconociendo las normas mínimas de convivencia que deben guardarse en cualquier sociedad, y la Red es una sociedad global, planetaria.
Si aprovechamos los recursos del correo electrónico, de un portal, de un grupo de noticias, de un foro de debate, o de una red social, de un cuaderno de bitácora (blog), de una wiki... debemos respetar ciertas normas. Algunas son muy generales como no amenazar ni insultar ni incluir palabras malsonantes y groseras, o respetar las reglas de ortografía, otras son específicas del medio:
-Debemos consultar de vez en cuando nuestro buzón o buzones, y limpiarlo(s), a fin de que no se pierdan mensajes. Las personas a quienes hemos dado nuestra dirección pueden haber mandado información relevante y estar esperando una respuesta. Comparta su conocimiento con los demás, y ayude a los novatos en lo que pueda.
-Borre inmediatamente los mensajes no deseados (spam, correo basura), ocupan un espacio que puede necesitar para algo importante.
21 de diciembre de 2010
10 de enero de 2010
Plutarco. Educación o adulación

"Unicamente aquellos que han aprendido a desear lo que deben, viven como quieren" Plutarco

Plutarco nació en el año 46, en la pequeña ciudad beocia de Queronea (Grecia), siendo Beocia una tranquila provincia del imperio romano. Se dice que fue amigo del emperador Trajano.
Plutarco representa el mejor ejemplo de moralismo educativo de su época. Murió hacia el 120 de nuestra era. Se educó como otros jóvenes de su tiempo en Atenas. Allí, en la Academia fundada por Platón, recibe clases de Amonio, un filósofo de ascendencia egipcia, con quien se adentra en los secretos de las matemáticas, la retórica, la religión, y estudia las doctrinas de la filosofía platónica, pero también de la peripatética, de Epicuro y del estoicismo, con la Estoa polemizará en varias ocasiones.
Plutarco no pretendió ni resultó ser un pensador original, pero sus escritos morales (Moralia), en forma de diatriba, representan una magnífica y equilibrada síntesis de la cultura antigua, en su búsqueda constante por dirigir al hombre hacia la virtud (areté), mediante la lucha y control de las pasiones (páthê).
Plutarco no pretendió ni resultó ser un pensador original, pero sus escritos morales (Moralia), en forma de diatriba, representan una magnífica y equilibrada síntesis de la cultura antigua, en su búsqueda constante por dirigir al hombre hacia la virtud (areté), mediante la lucha y control de las pasiones (páthê).
5 de enero de 2010
PERTENENCIA Y PARTICIPACIÓN. Identidad democrática
En un revelador artículo*, Fernando Savater distingue entre la identidad de pertenencia (a una cultura, una fe, una nación, una raza) y la identidad democrática. La primera, la identidad de pertenencia, se convierte muchas veces en un blindaje que pretende justificar excepciones y privilegios en base a la adscripción del ciudadano a tal o cual grupo identitario.
La distinción puede resumirse en la distinción entre ser y estar. Cada individuo configura su identidad en base a una serie de identidades yuxtapuestas. Unas impuestas por la biología (macho o hembra, payo o gitano) o por la geografía (europeo o asiático, gallego o catalán) o por la historia (cristiano o budista), mientras que otras provienen de elecciones personales, según nuestros afectos, creencias y aficiones (socio de Greenpeace o fan de Chenoa). Hay cosas que somos desde la cuna (diestros o zurdos, morenos o rubios) y otras que nos empeñamos en ser: “ciertas identidades nos apuntan y al resto nos apuntamos”.
Cada cual tiene, por supuesto, el derecho a ser lo que quiera ser, socio del Madrid o del Barcelona, incluso a creerse ser esto o aquello, vasco “puro” o andaluz “de pura cepa”, o a intentar ser el mejor artista, el más hábil jugador de fútbol, el más competente científico, el más exitoso comerciante
... Uno puede aspirar a ser considerado modelo de elegancia u honesto padre de familia… Se trata de una aventura personal, biográfica.Pero la identidad democrática es otra cosa, no expresa tanto una manera de ser como una manera de estar. De estar junto a otros, para convivir, emprender y cooperar en tareas comunes, pese a las diferencias de lo que cada uno sea o pretenda ser.
El único requisito que se impone a la identidad democrática es que respete las normas básicas de convivencia y los principios generales que los españoles nos hemos dado en la Constitución Española.
No hay cánones definitivos para ser español: se puede ser español y católico o ateo, musulmán o agnóstico, blanco, mulato, amarillo o negro del todo, hablar euskera, castellano o catalán, ser homosexual, heterosexual o célibe, disfrutar de las corridas de toros o abstenerse de ir a ellas…, pero sí hay normas y límites para estar en España como ciudadano de una democracia avanzada, beneficiándose de los derechos que nuestra constitución protege (educación, sanidad, libertad de expresión, etc). Por ejemplo, uno no puede, siendo español, mutilar a su hija, secuestrar a quien quiera, violar a un niño o maltratar a las mujeres impunemente.
De modo que la pregunta interesante no indaga lo que significa ser español, sino lo que exige ser ciudadano de España. Los campanarios o los minaretes no amenazan las libertades públicas, sino aquellos creyentes que ponen su pertenencia religiosa por encima de sus obligaciones cívicas, pues las dichas obligaciones (respetar la propiedad y el descanso ajenos, pagar impuestos, etc.) permiten que todas las creencias (religiosas, filosóficas o políticas) convivan sin desgarramientos, violencias ni privilegios.
Así pues, frente a la cultura de la pertenencia, acrítica, blindada, basada en el “nosotros somos así”, está la cultura de la participación, cuyas adhesiones son revisables y buscan la integración de lo diferente en lugar de limitarse a celebrar la unanimidad de lo mismo. La cultura de la participación respeta el ser de cada cual pero lo subordina en asuntos necesarios al estar juntos, a las normas de convivencia con quienes son de otro modo.
El problema de fondo es que las identidades particulares (los particularismos) con las que cada uno definimos lo que somos gozan de una calidez entusiasta y egocéntrica (o egoísta) a la que difícilmente puede aspirar la más genérica, cosmopolita y compartida unidad democrática. Cada cual disfruta o padece su ser y sólo se resigna a estar con los demás, soportando o tolerando sus diferencias de criterio, gustos y maneras de comportarse. De ahí la importancia de una educación cívica, de una Educación para la Ciudadanía que razone y persuada para la formación de un carácter verdaderamente democrático en todos los aspectos.
(*) “Sobre la identidad democrática”, EL PAÍS, 29 Dic. 2009, pg. 21.
Cuestionario
1. ¿Es lo mismo la identidad de pertenencia que la democrática?
2. Distinga entre rasgos identitarios heredados y elegidos. Confeccione sendas listas con los suyos propios.
3. ¿Por qué la identidad democrática tiene que ver con el estar más que con el ser?
4. ¿Por qué debe subordinarse la identidad de pertenencia a la identidad democrática? ¿Por qué es tan difícil conseguir esto?
5. Contraste la cultura de la pertenencia a la cultura de la participación.
De modo que la pregunta interesante no indaga lo que significa ser español, sino lo que exige ser ciudadano de España. Los campanarios o los minaretes no amenazan las libertades públicas, sino aquellos creyentes que ponen su pertenencia religiosa por encima de sus obligaciones cívicas, pues las dichas obligaciones (respetar la propiedad y el descanso ajenos, pagar impuestos, etc.) permiten que todas las creencias (religiosas, filosóficas o políticas) convivan sin desgarramientos, violencias ni privilegios.
Así pues, frente a la cultura de la pertenencia, acrítica, blindada, basada en el “nosotros somos así”, está la cultura de la participación, cuyas adhesiones son revisables y buscan la integración de lo diferente en lugar de limitarse a celebrar la unanimidad de lo mismo. La cultura de la participación respeta el ser de cada cual pero lo subordina en asuntos necesarios al estar juntos, a las normas de convivencia con quienes son de otro modo.
El problema de fondo es que las identidades particulares (los particularismos) con las que cada uno definimos lo que somos gozan de una calidez entusiasta y egocéntrica (o egoísta) a la que difícilmente puede aspirar la más genérica, cosmopolita y compartida unidad democrática. Cada cual disfruta o padece su ser y sólo se resigna a estar con los demás, soportando o tolerando sus diferencias de criterio, gustos y maneras de comportarse. De ahí la importancia de una educación cívica, de una Educación para la Ciudadanía que razone y persuada para la formación de un carácter verdaderamente democrático en todos los aspectos.
(*) “Sobre la identidad democrática”, EL PAÍS, 29 Dic. 2009, pg. 21.
Cuestionario
1. ¿Es lo mismo la identidad de pertenencia que la democrática?
2. Distinga entre rasgos identitarios heredados y elegidos. Confeccione sendas listas con los suyos propios.
3. ¿Por qué la identidad democrática tiene que ver con el estar más que con el ser?
4. ¿Por qué debe subordinarse la identidad de pertenencia a la identidad democrática? ¿Por qué es tan difícil conseguir esto?
5. Contraste la cultura de la pertenencia a la cultura de la participación.
6. ¿Qué requisito impone obligatoriamente la identidad democrática?
7. Explique por qué es importante y necesaria una buena eduación para la ciudadanía.
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20 de diciembre de 2009
Urbanidad

"Ser natural es la más difícil de las poses"
Oscar Wilde
Las normas de educación -cualquier educación- corrigen la espontaneidad natural.
"¡No cruces en rojo!", "no te eruptes en público", "¡no levantes la voz a mamá!" -así mandan o deberían mandar los padres...

Los manuales de urbanidad son tan antiguos como la civilización, como las ciudades. "Urbanidad" viene del latín "urbanitas". La palabra empezó significando vida ciudadana, incluso vida de Roma, pero acabó significando también comedimiento, trato cortés, bueno gusto, elegancia, gracia...
'Urbem' es el acusativo latino de la voz que significa ciudad. Y ya sabemos que el humano es "animal político", "animal urbano". Lo que distingue a una sociedad urbana, abierta y cambiante, de una sociedad rural y tradicional, es que en la primera uno debe relacionarse con desconocidos continuamente. La convivencia con personas a las que no conocemos de nada y con las que no tenemos familiaridad alguna es imposible y fuente incesante de conflictos si se carece de buenos modales.
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27 de noviembre de 2009
Naturaleza y virtud
Lección 2, cuestiones 1. y 7.
La mayoría del alumano está seguro de que nadie es bueno o malo por naturaleza, puesto que no elegimos cómo nacemos, ni dónde, ni con qué disposiciones o aptitudes, si más altos o más bajos, más despabilados o torpes, si más activos
o miedosos, si más irritables o insensibles...
Sin embargo, al preguntar si la virtud (el mérito o la excelencia moral) es natural o artificial -pregunta 7.- casi todos afirman que es natural.
Esto puede deberse a que la palabra "natural" está cargada de connotaciones positivas en la opinión pública actual. La publicidad ha hecho de "lo natural" una especie de mística bastante contradictoria: así, un champú se vende como algo "natural" porque contiene esencia de camomila o de ortiga, aunque haya sido producido industrialmente mediante sofisticadas técnicas de laboratorio...
La respuesta a esta pregunta: si la virtud es fruto del arte y la técnica o, por el contrario, surge espontáneamente de nuestra naturaleza, no es fácil. Un famoso filósofo inglés, David Hume, se preguntó esto en su Tratado sobre la naturaleza humana (1740).
Según el escocés, la respuesta a esta pregunta depende de lo que entendamos por "naturaleza":

1) Si entendemos por "natural" lo contrario de lo milagroso, podemos considerar a la virtud algo natural en el sentido de que no cae del cielo ni es una propiedad milagrosa del comportamiento humano. Esta consideración debió costarle a Hume serios disgustos con la religión de su tiempo, pues la teología moral cristiana afirma que las principales virtudes (fe, esperanza y caridad) son gracias o dones divinos.
2) Si entendemos por "natural" lo contrario a lo que es inhabitual o raro, entonces la respuesta a si la virtud es algo natural o no-natural depende de lo que entendamos por "virtud". La "virtud" heroica, por ejemplo, de quien con peligro de su vida ayuda a otros, es bastante rara, pero la virtud normal, de quienes no roban, al menos todos lo días, ni asesinan, ni humillan a sus semejantes..., la virtud de quienes quieren a sus hijos y son respetuosos con los demás, es más bien algo corriente, y por tanto natural. "To er mundo e güeno" no deja de ser una exageración andaluza, pero contiene algo de verdad, y es que la sociedad es posible porque la mayoría de la gente está más bien dispuesta a cooperar con los demás, aun en beneficio propio, que a fastidiarlos y fastidiarse.
3) Sin embargo, si entendemos por "natural" lo contrario a "lo artificioso", a lo que es fruto del ejercicio, hijo del esfuerzo y del ingenio humano, entonces hemos de concluir que la virtud no es espontánea en nosotros, sino el resultado de la educación y las convenciones sociales.
Naturalmente, nacemos con unas u otras disposiciones: a ser estables o inestables, ruidosos o tranquilos, vanidosos o humildes, audaces o retraídos, optimistas o pesimistas, violentos o pacíficos... Pero todas estas disposiciones naturales, aunque no puedan inhibirse del todo, sí pueden modelarse a voluntad, y reprimirse o desarrollarse según nuestras conveniencias, exigencias, intenciones y decisiones, al menos en parte.
¿Cómo? Mediante el ejercicio y el entrenamiento. Nadie nace sabiendo tocar el piano. Se hará un "virtuoso" del piano si se somete durante años a penosos y largos estudios de solfeo y ejercicios de interpretación. La palabra "virtuoso", que usamos cuando nos referimos a quien domina un instrumento musical, tiene un significado más técnico o estético, que ético o moral. Pero tanto el que domina un instrumento como el que domina sus acciones tienen algo en común: que sólo han conseguido eso después de un largo proceso de educación y entrenamiento.
Una persona, a pesar de sus tendencias naturales a quedarse en cama, calentito, por las mañanas, hace el esfuerzo de levantarse, se sobrepone a sus ganas de permanecer cómodo allí, se aguanta y manda a su propio cuerpo que se levante... en beneficio de su educación, si ha de levantarse para ir al instituto, o actúa por sentido del deber, o simplemente, por obediencia a su madre, cuyo cariño y confianza no quiere perder, y que le anima a levantarse. No hace lo que le da la gana, sino lo que sabe que le conviene. De este modo, supera su innata (natural) tendencia a la pereza. Si hace esto todos los días, su diligencia (nombre de una importante virtud) se volverá hábito, costumbre, la buena costumbre de madrugar los días laborables, es decir, se hará virtud. Podremos decir de él que es un tipo diligente y no perezoso. Ha aprendido a ser diligente, en lugar de entregarse al feo vicio de la pereza. La virtud es, por tanto, fruto de un aprendizaje y no el desarrollo espontáneo de una tendencia natural.
Puede que tengamos tendencia a la avaricia, a "no dar ni los buenos días"... ¿Cómo se vuelve uno, entonces, generoso? Ejercitándose en la generosidad, haciendo actos generosos, obligándose a dar cuando su tendencia es la racanería. Pasa lo mismo con montar en bicicleta. Uno puede estudiar lo que es una bicicleta, o recibir clases teóricas sobre cómo montarla, pero al final, sólo aprenderá a montar en bicicleta dando pedales sobre ella. Puede que se caiga alguna vez, tendrá que echarle valor a la cosa, pero al final, aprenderá a hacer lo que no es natural hacer. Por eso decía Aristóteles que somos lo que hacemos. Biológicamente somos hijos de papá y de mamá, pero, moralmente, somos hijos de nuestras elecciones y de nuestros actos.
Esto quiere decir que, al menos en parte, nos fabricamos a nosotros mismos. A menos que..., a menos que estemos completamente "desmoralizados", somos animales autocreativos (o autodestructivos), mantenemos sucia o limpia nuestra casa y nuestra ciudad, a voluntad, podemos empeorarnos o mejorarnos a nosotros mismos y, por tanto, somos responsables de nuestra constitución personal y moral, de nuestro carácter, que no nos es impuesto por el oscuro azar de los genes (como el temperamento) sino elegido en parte según las decisiones que tomamos.
En resumen: No nacemos hechos seres humanos. Humanizarnos, construirnos a nosotros mismos, llegar a ser personas saludables, dignas y felices, es el arte más valioso, el más emocionante y el más difícil. Y cada uno puede hacerse, partiendo de sus aptitudes, según la particular idea que tenga de sí, pero sobre todo, según sus aspiraciones, desarrollando actitudes nuevas y originales que conformarán su personalísimo carácter.
La mayoría del alumano está seguro de que nadie es bueno o malo por naturaleza, puesto que no elegimos cómo nacemos, ni dónde, ni con qué disposiciones o aptitudes, si más altos o más bajos, más despabilados o torpes, si más activos
Sin embargo, al preguntar si la virtud (el mérito o la excelencia moral) es natural o artificial -pregunta 7.- casi todos afirman que es natural.
Esto puede deberse a que la palabra "natural" está cargada de connotaciones positivas en la opinión pública actual. La publicidad ha hecho de "lo natural" una especie de mística bastante contradictoria: así, un champú se vende como algo "natural" porque contiene esencia de camomila o de ortiga, aunque haya sido producido industrialmente mediante sofisticadas técnicas de laboratorio...
La respuesta a esta pregunta: si la virtud es fruto del arte y la técnica o, por el contrario, surge espontáneamente de nuestra naturaleza, no es fácil. Un famoso filósofo inglés, David Hume, se preguntó esto en su Tratado sobre la naturaleza humana (1740).
Según el escocés, la respuesta a esta pregunta depende de lo que entendamos por "naturaleza":

1) Si entendemos por "natural" lo contrario de lo milagroso, podemos considerar a la virtud algo natural en el sentido de que no cae del cielo ni es una propiedad milagrosa del comportamiento humano. Esta consideración debió costarle a Hume serios disgustos con la religión de su tiempo, pues la teología moral cristiana afirma que las principales virtudes (fe, esperanza y caridad) son gracias o dones divinos.
2) Si entendemos por "natural" lo contrario a lo que es inhabitual o raro, entonces la respuesta a si la virtud es algo natural o no-natural depende de lo que entendamos por "virtud". La "virtud" heroica, por ejemplo, de quien con peligro de su vida ayuda a otros, es bastante rara, pero la virtud normal, de quienes no roban, al menos todos lo días, ni asesinan, ni humillan a sus semejantes..., la virtud de quienes quieren a sus hijos y son respetuosos con los demás, es más bien algo corriente, y por tanto natural. "To er mundo e güeno" no deja de ser una exageración andaluza, pero contiene algo de verdad, y es que la sociedad es posible porque la mayoría de la gente está más bien dispuesta a cooperar con los demás, aun en beneficio propio, que a fastidiarlos y fastidiarse.
3) Sin embargo, si entendemos por "natural" lo contrario a "lo artificioso", a lo que es fruto del ejercicio, hijo del esfuerzo y del ingenio humano, entonces hemos de concluir que la virtud no es espontánea en nosotros, sino el resultado de la educación y las convenciones sociales.
Naturalmente, nacemos con unas u otras disposiciones: a ser estables o inestables, ruidosos o tranquilos, vanidosos o humildes, audaces o retraídos, optimistas o pesimistas, violentos o pacíficos... Pero todas estas disposiciones naturales, aunque no puedan inhibirse del todo, sí pueden modelarse a voluntad, y reprimirse o desarrollarse según nuestras conveniencias, exigencias, intenciones y decisiones, al menos en parte.
¿Cómo? Mediante el ejercicio y el entrenamiento. Nadie nace sabiendo tocar el piano. Se hará un "virtuoso" del piano si se somete durante años a penosos y largos estudios de solfeo y ejercicios de interpretación. La palabra "virtuoso", que usamos cuando nos referimos a quien domina un instrumento musical, tiene un significado más técnico o estético, que ético o moral. Pero tanto el que domina un instrumento como el que domina sus acciones tienen algo en común: que sólo han conseguido eso después de un largo proceso de educación y entrenamiento.
Una persona, a pesar de sus tendencias naturales a quedarse en cama, calentito, por las mañanas, hace el esfuerzo de levantarse, se sobrepone a sus ganas de permanecer cómodo allí, se aguanta y manda a su propio cuerpo que se levante... en beneficio de su educación, si ha de levantarse para ir al instituto, o actúa por sentido del deber, o simplemente, por obediencia a su madre, cuyo cariño y confianza no quiere perder, y que le anima a levantarse. No hace lo que le da la gana, sino lo que sabe que le conviene. De este modo, supera su innata (natural) tendencia a la pereza. Si hace esto todos los días, su diligencia (nombre de una importante virtud) se volverá hábito, costumbre, la buena costumbre de madrugar los días laborables, es decir, se hará virtud. Podremos decir de él que es un tipo diligente y no perezoso. Ha aprendido a ser diligente, en lugar de entregarse al feo vicio de la pereza. La virtud es, por tanto, fruto de un aprendizaje y no el desarrollo espontáneo de una tendencia natural.
Puede que tengamos tendencia a la avaricia, a "no dar ni los buenos días"... ¿Cómo se vuelve uno, entonces, generoso? Ejercitándose en la generosidad, haciendo actos generosos, obligándose a dar cuando su tendencia es la racanería. Pasa lo mismo con montar en bicicleta. Uno puede estudiar lo que es una bicicleta, o recibir clases teóricas sobre cómo montarla, pero al final, sólo aprenderá a montar en bicicleta dando pedales sobre ella. Puede que se caiga alguna vez, tendrá que echarle valor a la cosa, pero al final, aprenderá a hacer lo que no es natural hacer. Por eso decía Aristóteles que somos lo que hacemos. Biológicamente somos hijos de papá y de mamá, pero, moralmente, somos hijos de nuestras elecciones y de nuestros actos.
Esto quiere decir que, al menos en parte, nos fabricamos a nosotros mismos. A menos que..., a menos que estemos completamente "desmoralizados", somos animales autocreativos (o autodestructivos), mantenemos sucia o limpia nuestra casa y nuestra ciudad, a voluntad, podemos empeorarnos o mejorarnos a nosotros mismos y, por tanto, somos responsables de nuestra constitución personal y moral, de nuestro carácter, que no nos es impuesto por el oscuro azar de los genes (como el temperamento) sino elegido en parte según las decisiones que tomamos.
En resumen: No nacemos hechos seres humanos. Humanizarnos, construirnos a nosotros mismos, llegar a ser personas saludables, dignas y felices, es el arte más valioso, el más emocionante y el más difícil. Y cada uno puede hacerse, partiendo de sus aptitudes, según la particular idea que tenga de sí, pero sobre todo, según sus aspiraciones, desarrollando actitudes nuevas y originales que conformarán su personalísimo carácter.
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31 de octubre de 2009
Fundamento antropológico de la autonomía

Cuestiones 1, 2, 8 y 10 de la Lección 1
"La disciplina ha hecho al ser humano" Kant
¿Por qué somos animales responsables? O sea, ¿por qué tenemos que responder de lo que hacemos, ante nuestra conciencia, ante los demás, ante las autoridades, ante los tribunales? ¿Por qué no vivimos inocentes en el "paraíso de las bestias"? Ningún tigre se avergüenza por matar y devorar a un cervatillo, ningúna babosa se siente culpable...
1) Autodominio. En primer lugar, podemos y debemos dominar nuestros impulsos, apetitos, deseos, emociones, pasiones y sentimientos. Esto nos da un gran poder sobre la naturaleza y sobre nosotros mismos. Así evitamos por ejemplo poner nuestra vida en riesgo persiguiendo un capricho o un placer efímero. Inhibimos nuestros impulsos al son que nos marcan dos emociones sociales básicas: la vergüenza y la culpa. Nos avergüenza que la persona que apreciamos nos mire con reproche o nos regañe.
El desarrollo del autocontrol es uno de los logros más impresionantes de los niños, tal vez sea la gran diferencia entre la inteligencia animal y la inteligencia humana. El ser humano sabe aguantarse, reprime el hambre si teme que cierta comida le siente mal, y la sed, si sabe que cierta bebida está o puede estar envenenada...
2) Deliberación y elección. Los animales ven y aprenden; pero nosotros, además, decidimos lo que queremos ver y aprender. Dirigimos voluntariamente nuestra atención (*) hacia lo que creemos útil, placentero, interesante o valioso. El bien es lo que todos los seres apetecen, pero nuestro apetecer está orientado por recuerdos, cálculos y previsiones. Los animales atienden mecánicamente aquellos estímulos que resultan relevantes por su naturaleza o intensidad, así un ruido asusta al pájaro y este huye; nosotros no huimos por el ruido de un camión si éste pasa rugiendo por la calle mientras nos sabemos seguros sobre la acera.
Los animales tienen libre albedrío, pueden actuar arbitrariamente ajustándose, eso sí, al medio físico en el que sobreviven, se reproducen y se desenvuelven con más o menos éxito. Nosotros elegimos entre conductas alternativas en un horizonte de posibilidades que los animales no pueden ni entrever. Naturalmente, actuamos por los motivos básicos, buscando las conductas que nos parecen (equivocadamente o no) más saludables, felices y dignas.
3) Para ello es fundamental la previsión, la visión del futuro antes de que suceda. El ser humano es un animal previsor, imagina, antes de que sucedan, las consecuencias de sus actos. Así, por ejemplo, sabemos que si -irritados por un insulto u ofensa- le damos con la sartén al prójimo en la cabeza podemos causarle un daño, que puede ser irreparable. Responsabilidad significa esto: que podemos y debemos responder de lo que hacemos. La imaginación nos permite, también, ponernos en lugar del otro, y así podemos compadecernos de él mediante la empatía.
La inhibición o represión consciente de los caprichos y emociones (autodominio), la posibilidad de elección de la mejor entre conductas alternativas (autonomía) y la previsión y responsabilidad nos hacen relativamente libres.
Para conseguir este control sobre su conducta (incluyendo en ella, hasta cierto punto, sus pensamiento y sentimientos), el niño y el adolescente deben aprender a aguantarse, limitar, modelar y encauzar sus impulsos, incluso aquellos que están cargados de emociones.
El desarrollo del lenguaje tiene un papel decisivo en la aparición del autocontrol de las emociones y acciones, pues su función conativa o directiva nos permite dar(nos) órdenes.
La búsqueda de la autonomía (libertad) conduce a la autorregulación racional de los deseos y sentimientos, que a su vez es fomentada y dirigida por la interiorización de las normas morales.
El resultado es la disciplina o aprendizaje de la autonomía a través del sentido del deber.
El niño lo consigue a través de tres etapas:
1) Explora los límites, desobedece, dice que no...
2) Provoca para obtener una definición clara de las normas, porque el niño necesita saber a qué atenerse.
3) Asimila las restricciones como hábitos permanentes de su carácter y personalidad.
Según Selma Fraiberg un niño que ignora la disciplina es un niño que no se siente amado. Un niño o niña al que no impedimos que atraviese la calle con el semáforo en rojo, por ejemplo, cuando ella o él saben que deberían detenerse, ¡piensan que su comportamiento no importa a nadie!
No nacemos libres, sino que es necesario aprender a serlo. Cuando nacemos y durante mucho tiempo somos dependientes de otras personas que nos cuidan y del medio físico y social en el que nos movemos y crecemos. El aprendizaje de la autonomía (libertad) implica dominio de los deseos, de los apetitos y de las emociones.
(*) La racionalidad, la conciencia, el alma como yo ejecutivo o como inteligencia voluntaria reobra sobre la percepción orientándola, este es el milagro del control voluntario de la atención o, simplemente, de la atención, ensimismamiento, concentración como capacidades propiamente humanas. Véase sobre este asunto nuestra entrada
http://diccionariosubjetivo.blogspot.com/2009/10/atencion.html
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5 de junio de 2009
7. Diversidad, Globalización y Culturas
Diversidad, globalización y transculturalidad

Iguales y distintos. Diversidad y solidaridad

En otras épocas, los hijos eras propiedad de sus padres, que tenían la posilidad de disponer de su vida y muerte según su antojo, los niños y las niñas que nacían con deficiencias, carecían de derechos y eran eliminados sin compasión. Todavía hoy se practica el infanticidio –sobre todo de niñas- en muchos lugares del planeta. Los “civilizados” griegos de la época clásica que crearon la democracia, el teatro y las ciencias naturales y morales, consideraban natural la esclavitud y a los forasteros que no hablaban su lengua los despreciaban como si fuesen poco más que animales, "barbaroi" -los llamaban-, o sea, “los que hablan como pájaros”.
Las personas que sienten espontáneamente inclinaciones homosexuales han debido ocultarlas durante siglos en casi todas las culturas, y en muchos países siguen siendo tratados como enfermos, pecadores, pervertidos o delincuentes. El racismo y el sexismo, la homofobia o el machismo, están presentes en nuestro lenguaje y en nuestros chistes (“merienda de negros”, “trabajar como un negro”, “afeminado”, “mujer pública”, etc.).
Así, los que no se ajustan a la norma, los que no aparentan ser “normales” –y nadie lo es completamente-, son mirados por encima del hombro, despreciados o aislados, y quedan marginados de la vida civil, de la asamblea de ciudadanos y de la toma de decisiones. En el mundo antiguo, los adolescentes y las mujeres eran considerados imbéciles o idiotas, irresponsables e incapaces siquiera de decidir por sí mismos. En una palabra, los que mandaban discriminaban y todavía discriminan -discriminamos- a la gente por ser de otra raza, de otra religión, de otra lengua, de otro sexo, etc...
Grandes sabios de la antigüedad y la Edad Media llegaron a afirmar que las mujeres eran seres humanos imperfectos, ¡por el hecho de ser mujeres![3]. Es un hecho probado que las mujeres se han visto históricamente menospreciadas como “sexo débil”, consideradas intelectualmente inferiores, y sólo muy recientemente han conseguido el derecho al sufragio y otros derechos civiles elementales. Como los hábitos de pensamiento cambian muy lentamente, incluso más despacio que las costumbres, aún hay machistas recalcitrantes que se consideran superiores por lo que un oscuro azar genético les puso entre las piernas, o nacionalistas extremosos que se creen mejores que nadie por haber nacido en Barcelona o Bilbao, o clasistas recalcitrantes que miran al resto de la humanidad con desprecio por haber tenido la suerte de nacer en un pesebre de plata.
El progreso ético de la civilización ha consistido en una ampliación sucesiva de la dignidad humana o, dicho de otro modo, en la universalización progresiva de los derechos del ser humano. Por eso, la finalidad primera de la educación para la ciudadanía apunta a la creación de una ética universal, cosmopolita, fruto de un diálogo intercultural.
Los emigrantes producen riqueza y contribuyen al rejuvenecimiento de la población. Además, enriquecen culturalmente el país. Históricamente, las culturas más creativas han surgido siempre del mestizaje de otras anteriores, tal fue el caso de la civilización griega, a la que debemos la democracia y la ciencia y que tomó la escritura de los fenicios, la astronomía de los caldeos y las matemáticas de los egipcios.
Hoy, España cuenta con más de cuatro millones de inmigrantes: más de un 10% de la población. Los principales sectores en que trabajaban las personas inmigrantes en 2006 eran la construcción (19,7%), la hostelería (14,2%) y el servicio doméstico (13,3%). Los extranjeros representan un 15,1% de la población activa (en edad de trabajar) y un 14,6% de la ocupada (que cotizan a la Seguridad Social). Sólo dos países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) tienen mayores porcentajes de población extranjera, Suiza (20,3%) y Luxemburgo (41%).
Ante la existencia de otras culturas caben dos respuestas extremas, igualmente insuficientes: el etnocentrismo y el relativismo cultural.
El etnocentrismo tiende a devaluar y rechazar toda manifestación cultural diferente de la propia, tachándola de subdesarrollada, primitiva o salvaje[4]. Así, igual que muchos de nosotros tendemos a considerar absurdos los ritos con que un matarife musulmán degüella a un cordero, para la mayoría de los seres humanos resultan bastante absurdas las corridas de toros, que sin embargo forman parte de nuestro legado artístico y cultural.
El relativismo cultural tiende a comprender y aceptar todas las manifestaciones culturales, con un benevolente espíritu de tolerancia. Al intentar explicar ciertas costumbres por sus causas naturales o simbólicas, el relativismo, llevado a su extremo, acaba haciendo equivalentes un soneto de Shakespeare y un fetiche budú. Pero si todas las prácticas y las costumbres valen lo mismo, ninguna vale nada. No hay modo entonces de censurar o prohibir el abuso de las mujeres, o la mutilación infantil de las niñas..., ni siquiera la antropofagia, que algunas culturas han practicado fehacientemente.
Las prácticas tienen un valor antropológico relativo a la cultura en que nacen y se conservan. Pero esto no significa que todas valgan lo mismo desde un punto de vista moral o ético, transcultural. Pueden y deben ser juzgadas éticamente desde una perspectiva transcultural, universalista y cosmopolita, aplicándoles precisamente el metro de medir de la racionalidad humanista e ilustrada. Así, el infanticidio, el machismo, o la ablación ritual del clítoris de las niñas (una mutilación ritual que practican millones de personas en África) resultan intolerables, o sea, rechazables desde dicho punto de vista transcultural, pues van contra los derechos humanos (por ejemplo, el derecho a la salud y la integridad física).
También puede ser útil distinguir entre culturas y civilización. La perspectiva científica, la capacidad ética -que permite exponer (en el teatro o el cine) las propias costumbres a la crítica-, o el respeto a los derechos humanos (el Estado de derecho) distinguen las costumbres civilizadas, la civilización, de la mera cultura. En toda cultura hay, desde luego, fenómenos humanizadores. Pero no se podría hablar de auténtica civilización si falta uno de esos requisitos: respeto a los derechos individuales (libertad), teatro (sentido crítico) y ciencia (perspectiva objetiva).
Ante de juzgar a los sujetos de otras culturas por cómo viven o piensan, y antes de entregarnos sin reflexión al desprecio, la fobia, la manía o la antipatía, hemos de intentar comprender su historia y valores, poniéndonos en su lugar, entendiendo lo que significa vivir lejos del propio país, acogiéndolos con respeto, cooperando con ellos en la construcción de un mundo más justo y una ciudad más habitable. Nadie abandona su propia tierra si no es por necesidad. Y España no sería un destino para estas personas si no hubiera necesitado en los últimos años fuerza de trabajo en abundancia.
En nuestra época, y antes de que se haya consolidado una ética universalista o un derecho internacional aceptado por todas las naciones del mundo, se está produciendo un fenómeno de globalización económica que causa importantes efectos en todas partes, efectos positivos, pero también estragos.
En efecto, el desarrollo de los medios de transporte y la apertura de fronteras ha facilitado la formación de un mercado único, global. Antaño, cada comarca tenía su mercado local, en el que se compraba y vendía lo que sus habitantes producían. Pero hoy, basta darse una vuelta por cualquier supermercado, para darse cuenta de que sus productos proceden de todo el mundo, nuestros CDs se han fabricado en Asia, nuestras zapatillas de deporte en Taiwán, los kiwis que comemos vienen de Nueva Zelanda, las uvas, en primavera, de Chile, el queso azul de Dinamarca, la ternera de Irlanda, el ron añejo de la República Dominicana... Nuestro aceite de oliva extra se vende a precios increíbles en Noruega, y llega a la pizzería más remota de Norteamérica. Esto significa que las mercancías, los capitales, e incluso el trabajo, circulan por todo el mundo, a gran velocidad y sin límites de fronteras. Por su parte, la red de redes, Internet, ofrece un potente medio de comunicación global, una especie de cerebro mundial para formalizar relaciones comerciales, laborales y financieras.
Hay movimientos que se oponen a la globalización porque la consideran injusta. Piensan que convierte a las empresas multinacionales (Coca-Cola, General Motors, Nike...) en corporaciones más poderosas que los Estados nacionales. Se dice que la globalización beneficia sobre todo a los países ricos y esto acrecienta la desigualdad.

Pero la globalización también ofrece trabajo allí donde no lo hay -en los países pobres- y genera paro en los países ricos. Esto sucede con el fenómeno de la deslocalización: las empresas -para abaratar costes de producción, y poder ofrecer productos más baratos que la competencia-, trasladan sus fábricas allí donde la mano de obra es más barata, productiva y dócil. Un ejemplo reciente lo ofrece la deslocalización de Delphi: de Puerto Real (Cádiz) a Marruecos. En Cádiz, un trabajador cobra 1350 euros al mes con jornadas de ocho horas y dos días de descanso semanales, vacaciones pagadas e indemnización si va al paro. En Marruecos, el sueldo es de 153 euros, la jornada de ocho horas, más cuatro horas extra obligatorias, los días de descanso 2 ó 3 al mes, y no existen ni vacaciones pagadas ni subsidio de paro, ni sindicatos organizados para defender los derechos del trabajador.
La globalización también produce especialización y pérdida de variedad de cultivos, con el consiguiente empobrecimiento en diversidad medioambiental. Esto se puede ver fácilmente en nuestro entorno donde las huertas, el cereal, las viñas o las legumbres, han sido masivamente sustituidas por olivos, cuyo producto estrella, el aceite virgen extra, alcanza altos precios en los mercados internacionales, y cuya producción ha sido también subvencionada por la Unión Europea (garantizada hasta el 2013). Los representantes de los países pobres se quejan de estas subvenciones a los agricultores, pues sus propios productos se venderían mejor en los mercados internacionales sin el proteccionismo de los países ricos. Así que el mercado es libre, cuando conviene a los poderosos, pero no tanto, cuando no les conviene. Y quien dicta sus leyes, es el dueño del capital, de los recursos financieros con que se mueve todo.

Iguales y distintos. Diversidad y solidaridad
Querer y respetar a los que se nos parecen es fácil, lo que exige esfuerzo y educación es respetar y apreciar al que es distinto. Nos sentimos a gusto con la gente que nos resulta familiar, con los que tienen nuestra edad, con los que compartimos aficiones, creencias, intereses, gustos... Es natural que nos cueste más compadecernos de las miserias de un extranjero, que de las de un paisano o colega. A medida que nos alejamos de nosotros mismos, el afecto deja paso a la curiosidad, a la desconfianza, al temor...
A esto se le ha llamado principio de benevolencia limitada: a medida que salimos de lo familiar y extendemos el radio de acción de nuestro “corazón”[1], desde lo próximo[2] a lo distante, la intensidad de nuestra benevolencia disminuye y tendemos a ver al otro más como un potencial peligro o un enemigo, que como un semejante. Sentir miedo por quien es de otro color de piel o tiene los ojos rasgados es una reacción natural, y por tanto, ni mala ni buena. Lo malo es que dejemos que ese miedo ofusque nuestra inteligencia y nos lleve a pensar que, necesariamente, quien no actúa, siente o huele como nosotros ni es de nuestra condición social, sexual, racial... (la que sea) es sucio, inhumano o malvado. La principal intención de una buena educación para la ciudadanía debe precisamente ayudarnos a superar los efectos perversos de esta tendencia emotiva, tan arraigada en nuestra condición animal: ampliar el radio de acción de nuestra simpatía natural, en solidaridad universal y cosmopolita con lo humano, pues nada humano podemos juzgar ajeno, según la vieja máxima que se atribuye a Terencio: 'nihil humanum alienum puto'.
Antiguamente, los miembros de un clan, de una tribu, de una ciudad o de una nación creían que sólo ellos merecían ser llamados “humanos”, que su Dios era el único Dios, que sólo ellos merecían la vida y la salvación, etc, como si la dignidad humana fuese atributo de un solo grupo de personas, con exclusión de los demás, a los que se consideraba extraños por hablar, sentir, actuar o pensar diferente. “Los otros”, los de enfrente, ni siquiera fueron considerados como humanos, cuando, ¡en pleno siglo XX!, se perpetraron genocidios o deportaciones masivas, limpiezas étnicas, crímenes y violaciones de guerra, en África, ¡y en la “civilizada” Europa!
A esto se le ha llamado principio de benevolencia limitada: a medida que salimos de lo familiar y extendemos el radio de acción de nuestro “corazón”[1], desde lo próximo[2] a lo distante, la intensidad de nuestra benevolencia disminuye y tendemos a ver al otro más como un potencial peligro o un enemigo, que como un semejante. Sentir miedo por quien es de otro color de piel o tiene los ojos rasgados es una reacción natural, y por tanto, ni mala ni buena. Lo malo es que dejemos que ese miedo ofusque nuestra inteligencia y nos lleve a pensar que, necesariamente, quien no actúa, siente o huele como nosotros ni es de nuestra condición social, sexual, racial... (la que sea) es sucio, inhumano o malvado. La principal intención de una buena educación para la ciudadanía debe precisamente ayudarnos a superar los efectos perversos de esta tendencia emotiva, tan arraigada en nuestra condición animal: ampliar el radio de acción de nuestra simpatía natural, en solidaridad universal y cosmopolita con lo humano, pues nada humano podemos juzgar ajeno, según la vieja máxima que se atribuye a Terencio: 'nihil humanum alienum puto'.
Antiguamente, los miembros de un clan, de una tribu, de una ciudad o de una nación creían que sólo ellos merecían ser llamados “humanos”, que su Dios era el único Dios, que sólo ellos merecían la vida y la salvación, etc, como si la dignidad humana fuese atributo de un solo grupo de personas, con exclusión de los demás, a los que se consideraba extraños por hablar, sentir, actuar o pensar diferente. “Los otros”, los de enfrente, ni siquiera fueron considerados como humanos, cuando, ¡en pleno siglo XX!, se perpetraron genocidios o deportaciones masivas, limpiezas étnicas, crímenes y violaciones de guerra, en África, ¡y en la “civilizada” Europa!

En otras épocas, los hijos eras propiedad de sus padres, que tenían la posilidad de disponer de su vida y muerte según su antojo, los niños y las niñas que nacían con deficiencias, carecían de derechos y eran eliminados sin compasión. Todavía hoy se practica el infanticidio –sobre todo de niñas- en muchos lugares del planeta. Los “civilizados” griegos de la época clásica que crearon la democracia, el teatro y las ciencias naturales y morales, consideraban natural la esclavitud y a los forasteros que no hablaban su lengua los despreciaban como si fuesen poco más que animales, "barbaroi" -los llamaban-, o sea, “los que hablan como pájaros”.
Las personas que sienten espontáneamente inclinaciones homosexuales han debido ocultarlas durante siglos en casi todas las culturas, y en muchos países siguen siendo tratados como enfermos, pecadores, pervertidos o delincuentes. El racismo y el sexismo, la homofobia o el machismo, están presentes en nuestro lenguaje y en nuestros chistes (“merienda de negros”, “trabajar como un negro”, “afeminado”, “mujer pública”, etc.).
Así, los que no se ajustan a la norma, los que no aparentan ser “normales” –y nadie lo es completamente-, son mirados por encima del hombro, despreciados o aislados, y quedan marginados de la vida civil, de la asamblea de ciudadanos y de la toma de decisiones. En el mundo antiguo, los adolescentes y las mujeres eran considerados imbéciles o idiotas, irresponsables e incapaces siquiera de decidir por sí mismos. En una palabra, los que mandaban discriminaban y todavía discriminan -discriminamos- a la gente por ser de otra raza, de otra religión, de otra lengua, de otro sexo, etc...
Grandes sabios de la antigüedad y la Edad Media llegaron a afirmar que las mujeres eran seres humanos imperfectos, ¡por el hecho de ser mujeres![3]. Es un hecho probado que las mujeres se han visto históricamente menospreciadas como “sexo débil”, consideradas intelectualmente inferiores, y sólo muy recientemente han conseguido el derecho al sufragio y otros derechos civiles elementales. Como los hábitos de pensamiento cambian muy lentamente, incluso más despacio que las costumbres, aún hay machistas recalcitrantes que se consideran superiores por lo que un oscuro azar genético les puso entre las piernas, o nacionalistas extremosos que se creen mejores que nadie por haber nacido en Barcelona o Bilbao, o clasistas recalcitrantes que miran al resto de la humanidad con desprecio por haber tenido la suerte de nacer en un pesebre de plata.
El progreso ético de la civilización ha consistido en una ampliación sucesiva de la dignidad humana o, dicho de otro modo, en la universalización progresiva de los derechos del ser humano. Por eso, la finalidad primera de la educación para la ciudadanía apunta a la creación de una ética universal, cosmopolita, fruto de un diálogo intercultural.
El gran filósofo ilustrado Kant (s. XVIII) afirmó, con razón, que la especie humana sólo superaría las miserias y desastres de la guerra, y sólo alcanzaría un progreso adecuado, cuando aprendiera a solucionar todos sus conflictos en base a reglas aceptables para todo ser racional (todo ser humano), reglas tan razonables que excluyeran cualquier tiempo de privilegio. Todas esas reglas se pueden resumir en una: La humanidad ha de ser tenida siempre como un fin y nunca meramente como un medio. Nadie debe usar o instrumentalizar a otro ser humano olvidando que también es un fin para sí mismo.
Seguramente, la primera ética universal fue oriental, budista. Y entre los filósofos occidentales, fueron los estoicos quienes rechazaron la idea de que alguien pudiera nacer esclavo o ser tenido por tal “por naturaleza”. La idea de que todo hombre es, o puede llegar a ser, libre, ha tardado muchísimo tiempo en ser mayoritaria, pero hoy es reconocida por las principales instituciones internacionales. Aunque los seres humanos nazcan con distintas aptitudes, nadie es más que nadie desde un punto de vista ético, y por eso es justo que todos los votos valgan lo mismo.
Seguramente, la primera ética universal fue oriental, budista. Y entre los filósofos occidentales, fueron los estoicos quienes rechazaron la idea de que alguien pudiera nacer esclavo o ser tenido por tal “por naturaleza”. La idea de que todo hombre es, o puede llegar a ser, libre, ha tardado muchísimo tiempo en ser mayoritaria, pero hoy es reconocida por las principales instituciones internacionales. Aunque los seres humanos nazcan con distintas aptitudes, nadie es más que nadie desde un punto de vista ético, y por eso es justo que todos los votos valgan lo mismo.
El cristianismo primitivo confirmó esta idea e insistió en que la salvación de cada ser humano estaba en sus manos, ¡y también su condenación, claro! Ese humanismo acabó independizándose de la religión y reconoce a cualquiera, con independencia de su nación, credo, raza, sexo... los mismos derechos (a la vida, la educación, la salud, el trabajo, la lucha por la felicidad, etc.) y las mismas obligaciones (no hacer daño a nadie, vivir honestamente, dar a cada uno lo suyo), constituye el fundamento de la doctrina de los derechos humanos, doctrina que inspira las constituciones políticas más avanzadas. Ese humanismo resulta además imprescindible si queremos mantener la paz en comunidades humanas internacionales y multiculturales.
Los forasteros
Los forasteros
Los fenómenos migratorios han sido frecuentes en todas las épocas. El ser humano emigró de África –donde seguramente nació como especie- hace un millón de años. Los andaluces, huyendo de la miseria, emigraron masivamente a las regiones industriales de España o Alemania, para buscarse la vida, huyendo de la miseria. En la actualidad, España es un país relativamente rico, sus habitantes dan de lado a ciertos trabajos mal considerados, duros o muy retribuidos, y los empresarios de la hostelería, de la construcción o de la agricultura necesitan contratar mano de obra extranjera.
Los emigrantes producen riqueza y contribuyen al rejuvenecimiento de la población. Además, enriquecen culturalmente el país. Históricamente, las culturas más creativas han surgido siempre del mestizaje de otras anteriores, tal fue el caso de la civilización griega, a la que debemos la democracia y la ciencia y que tomó la escritura de los fenicios, la astronomía de los caldeos y las matemáticas de los egipcios.
Hoy, España cuenta con más de cuatro millones de inmigrantes: más de un 10% de la población. Los principales sectores en que trabajaban las personas inmigrantes en 2006 eran la construcción (19,7%), la hostelería (14,2%) y el servicio doméstico (13,3%). Los extranjeros representan un 15,1% de la población activa (en edad de trabajar) y un 14,6% de la ocupada (que cotizan a la Seguridad Social). Sólo dos países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) tienen mayores porcentajes de población extranjera, Suiza (20,3%) y Luxemburgo (41%).
Ante la existencia de otras culturas caben dos respuestas extremas, igualmente insuficientes: el etnocentrismo y el relativismo cultural.
El etnocentrismo tiende a devaluar y rechazar toda manifestación cultural diferente de la propia, tachándola de subdesarrollada, primitiva o salvaje[4]. Así, igual que muchos de nosotros tendemos a considerar absurdos los ritos con que un matarife musulmán degüella a un cordero, para la mayoría de los seres humanos resultan bastante absurdas las corridas de toros, que sin embargo forman parte de nuestro legado artístico y cultural.
El relativismo cultural tiende a comprender y aceptar todas las manifestaciones culturales, con un benevolente espíritu de tolerancia. Al intentar explicar ciertas costumbres por sus causas naturales o simbólicas, el relativismo, llevado a su extremo, acaba haciendo equivalentes un soneto de Shakespeare y un fetiche budú. Pero si todas las prácticas y las costumbres valen lo mismo, ninguna vale nada. No hay modo entonces de censurar o prohibir el abuso de las mujeres, o la mutilación infantil de las niñas..., ni siquiera la antropofagia, que algunas culturas han practicado fehacientemente.
Las prácticas tienen un valor antropológico relativo a la cultura en que nacen y se conservan. Pero esto no significa que todas valgan lo mismo desde un punto de vista moral o ético, transcultural. Pueden y deben ser juzgadas éticamente desde una perspectiva transcultural, universalista y cosmopolita, aplicándoles precisamente el metro de medir de la racionalidad humanista e ilustrada. Así, el infanticidio, el machismo, o la ablación ritual del clítoris de las niñas (una mutilación ritual que practican millones de personas en África) resultan intolerables, o sea, rechazables desde dicho punto de vista transcultural, pues van contra los derechos humanos (por ejemplo, el derecho a la salud y la integridad física).
También puede ser útil distinguir entre culturas y civilización. La perspectiva científica, la capacidad ética -que permite exponer (en el teatro o el cine) las propias costumbres a la crítica-, o el respeto a los derechos humanos (el Estado de derecho) distinguen las costumbres civilizadas, la civilización, de la mera cultura. En toda cultura hay, desde luego, fenómenos humanizadores. Pero no se podría hablar de auténtica civilización si falta uno de esos requisitos: respeto a los derechos individuales (libertad), teatro (sentido crítico) y ciencia (perspectiva objetiva).
Ante de juzgar a los sujetos de otras culturas por cómo viven o piensan, y antes de entregarnos sin reflexión al desprecio, la fobia, la manía o la antipatía, hemos de intentar comprender su historia y valores, poniéndonos en su lugar, entendiendo lo que significa vivir lejos del propio país, acogiéndolos con respeto, cooperando con ellos en la construcción de un mundo más justo y una ciudad más habitable. Nadie abandona su propia tierra si no es por necesidad. Y España no sería un destino para estas personas si no hubiera necesitado en los últimos años fuerza de trabajo en abundancia.
Un solo mundo
En nuestra época, y antes de que se haya consolidado una ética universalista o un derecho internacional aceptado por todas las naciones del mundo, se está produciendo un fenómeno de globalización económica que causa importantes efectos en todas partes, efectos positivos, pero también estragos.
En efecto, el desarrollo de los medios de transporte y la apertura de fronteras ha facilitado la formación de un mercado único, global. Antaño, cada comarca tenía su mercado local, en el que se compraba y vendía lo que sus habitantes producían. Pero hoy, basta darse una vuelta por cualquier supermercado, para darse cuenta de que sus productos proceden de todo el mundo, nuestros CDs se han fabricado en Asia, nuestras zapatillas de deporte en Taiwán, los kiwis que comemos vienen de Nueva Zelanda, las uvas, en primavera, de Chile, el queso azul de Dinamarca, la ternera de Irlanda, el ron añejo de la República Dominicana... Nuestro aceite de oliva extra se vende a precios increíbles en Noruega, y llega a la pizzería más remota de Norteamérica. Esto significa que las mercancías, los capitales, e incluso el trabajo, circulan por todo el mundo, a gran velocidad y sin límites de fronteras. Por su parte, la red de redes, Internet, ofrece un potente medio de comunicación global, una especie de cerebro mundial para formalizar relaciones comerciales, laborales y financieras.
Hay movimientos que se oponen a la globalización porque la consideran injusta. Piensan que convierte a las empresas multinacionales (Coca-Cola, General Motors, Nike...) en corporaciones más poderosas que los Estados nacionales. Se dice que la globalización beneficia sobre todo a los países ricos y esto acrecienta la desigualdad.

Pero la globalización también ofrece trabajo allí donde no lo hay -en los países pobres- y genera paro en los países ricos. Esto sucede con el fenómeno de la deslocalización: las empresas -para abaratar costes de producción, y poder ofrecer productos más baratos que la competencia-, trasladan sus fábricas allí donde la mano de obra es más barata, productiva y dócil. Un ejemplo reciente lo ofrece la deslocalización de Delphi: de Puerto Real (Cádiz) a Marruecos. En Cádiz, un trabajador cobra 1350 euros al mes con jornadas de ocho horas y dos días de descanso semanales, vacaciones pagadas e indemnización si va al paro. En Marruecos, el sueldo es de 153 euros, la jornada de ocho horas, más cuatro horas extra obligatorias, los días de descanso 2 ó 3 al mes, y no existen ni vacaciones pagadas ni subsidio de paro, ni sindicatos organizados para defender los derechos del trabajador.
La globalización también produce especialización y pérdida de variedad de cultivos, con el consiguiente empobrecimiento en diversidad medioambiental. Esto se puede ver fácilmente en nuestro entorno donde las huertas, el cereal, las viñas o las legumbres, han sido masivamente sustituidas por olivos, cuyo producto estrella, el aceite virgen extra, alcanza altos precios en los mercados internacionales, y cuya producción ha sido también subvencionada por la Unión Europea (garantizada hasta el 2013). Los representantes de los países pobres se quejan de estas subvenciones a los agricultores, pues sus propios productos se venderían mejor en los mercados internacionales sin el proteccionismo de los países ricos. Así que el mercado es libre, cuando conviene a los poderosos, pero no tanto, cuando no les conviene. Y quien dicta sus leyes, es el dueño del capital, de los recursos financieros con que se mueve todo.
Dichos recursos financieros también están globalizados. Así lo demuestra la presente crisis, provocada por la temeridad y avaricia prestamista de muchos bancos, que ahora no pueden recuperar sus préstamos, la especulación inmobiliaria, la crisis de la construcción y otros fenómenos globales y nacionales.
Se dice que la globalización es sólo económica y debería ser también solidaria y ética. En el año 2001 se reunió el Foro Social Mundial en Porto Alegre con el lema “otro mundo es posible”, proponiéndose una globalización que respete los derechos fundamentales, busque la erradicación de la pobreza y conserve un medio ambiente saludable, fomentando el comercio justo, perdonando la deuda externa a los países menos desarrollados y disminuyendo el gasto militar. De modo que los países más desarrollados puedan destinar el 0,7% del PIB (su producto interior bruto) a políticas de solidaridad con los países más pobres.
Cuestiones
1. ¿Crees que la legislación española debe respetar el derecho de las chicas musulmanas a ir con la cara tapada a clase? ¿Y con un pañuelo (hiyad)?
Se dice que la globalización es sólo económica y debería ser también solidaria y ética. En el año 2001 se reunió el Foro Social Mundial en Porto Alegre con el lema “otro mundo es posible”, proponiéndose una globalización que respete los derechos fundamentales, busque la erradicación de la pobreza y conserve un medio ambiente saludable, fomentando el comercio justo, perdonando la deuda externa a los países menos desarrollados y disminuyendo el gasto militar. De modo que los países más desarrollados puedan destinar el 0,7% del PIB (su producto interior bruto) a políticas de solidaridad con los países más pobres.
Cuestiones
1. ¿Crees que la legislación española debe respetar el derecho de las chicas musulmanas a ir con la cara tapada a clase? ¿Y con un pañuelo (hiyad)?
2. ¿Tenemos una capacidad innata para la solidaridad? ¿Qué papel ocupa la educación en la formación de valores cívicos?
3. Estudia otros fenómenos masivos de inmigración, anteriores a la época actual. ¿Cuánta población perdió Andalucía después de la guerra civil española?
4. ¿Cuáles pueden ser las causas de la emigración?
5. ¿Deben los emigrantes aceptar las normas y costumbres del país que les acoge? ¿Deben los nacionales respetar las costumbres de los que vienen de fuera? Matice sus respuestas.
6. Explique el origen y necesidad del humanismo.
7. Construya una tabla con dos columnas: una para las causas y otra para los efectos de la globalización.
8. ¿Qué medidas podríamos tomar para minimizar los "efectos perversos" de la globalización?
9. ¿Por qué el etnocentrismo es tan insuficiente como el relativismo cultural?
10. ¿Es posible una ética mundial? ¿Es necesaria?
Notas
[1] “Corazón” es la metáfora tradicional, poética, para referirse al complejo mundo de la emotividad humana: las emociones, sentimientos y pasiones, emotividad que está y debe estar ligada a la inteligencia.
[2] La palabra “prójimo” procede de proximum, que también ha dado en castellano prójimo, el familiar, el hermano, el cercano.
[3] Las mujeres ocupaban todo su tiempo y energías en la progenie, de grado o por la fuerza, y no alcanzaban la cultura superior, y por lo tanto se pensaba que carecían de capacidad para la ciencia o el arte más elevado. Como se ve, el argumento es pésimo. Y lo confirma el hecho de que hoy, liberadas de las duras obligaciones de la crianza y el cuidado de los hijos –de grado o por la fuerza- pueden cursar los mismos estudios superiores que los hombres con parecido o superior éxito.
[4] El antropólogo belga Lévi-Strauss -que nada tiene que ver con una marca de pantalones vaqueros-, criticó el etnocentrismo, defendiendo el valor de las culturas tenidas hasta entonces por “salvajes”. “El salvaje es el que considera salvaje al otro”, afirmó.
[2] La palabra “prójimo” procede de proximum, que también ha dado en castellano prójimo, el familiar, el hermano, el cercano.
[3] Las mujeres ocupaban todo su tiempo y energías en la progenie, de grado o por la fuerza, y no alcanzaban la cultura superior, y por lo tanto se pensaba que carecían de capacidad para la ciencia o el arte más elevado. Como se ve, el argumento es pésimo. Y lo confirma el hecho de que hoy, liberadas de las duras obligaciones de la crianza y el cuidado de los hijos –de grado o por la fuerza- pueden cursar los mismos estudios superiores que los hombres con parecido o superior éxito.
[4] El antropólogo belga Lévi-Strauss -que nada tiene que ver con una marca de pantalones vaqueros-, criticó el etnocentrismo, defendiendo el valor de las culturas tenidas hasta entonces por “salvajes”. “El salvaje es el que considera salvaje al otro”, afirmó.
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