13 de febrero de 2017

MALDAD Y ESTUPIDEZ

GOU-GOROO ENTRE LOS PAPUPOA DE MICRONESIA

Gou-Goroo convertido en un hombre-pez feísimo.

El siguiente cuento de Salvador Solé Soriano es un buen ejemplo de cómo pueden usarse de modo instructivo y divertido la ironía y el humor. Muy socráticamente, los nativos imaginarios de su historia identifican la maldad con la estupidez, y en lugar de amargarse por la existencia de ambas, se ríen de ellas. El malvado aparece sobre todo como un idiota, es decir una persona incapaz de elevarse desde sus caprichos particulares al bien general. Gou-Goroo es sobre todo un irresponsable, incapaz de responder de lo que hace al sacrificar el bien común a la satisfacción de sus impulsos y deseos más insensatos.


GOU-GOROO, EL MUY IMBÉCIL

Perdida en la inmensidad del Océano Pacífico, se halla la minúscula isla micronésica de los papupoa. A penas hace treinta años que la cadena americana de hoteles Paraday´s llegó allí. Sin muchas dificultades se la compró a sus habitantes, los vacunó en bloque y del mismo plumazo los contrató como servicio de habitaciones. Todavía fue necesario importar mano de obra desde Honolulu.

Gracias a la fulminante vacunación, solo murió un 40% de la población original de la isla. Cuando los papupoa hablaban de esos parientes difuntos, víctimas inocentes del progreso, se referían a ellos como “los descontentos”. Decían que “Se fueron porque no les gustó el hotel ” y añadían “¡Demasiadas escaleras!”.

Mi abuelo, segundo ayudante de cocinero y antropólogo aficionado, hizo buenas migas con muchos de los nativos. Cuando salían a fumar al patio trasero del hotel era su costumbre tirarles de la lengua y ellos se complacían en contarle las historias de “los tiempos viejos antes del condón”, como decían jocosamente.

Seis años hace ya que se jubiló y regresó del hotel pero todavía mantiene contactos por mail con muchos de sus amigos papupoa y son en él un tema recurrente las historias que le explicaron.

De todas ellas su preferida es la de Gou-Goroo. En los cuadernos que atesora constan treinta y ocho versiones algo distintas, cada una coloreada por la particular idiosincrasia de su narrador. El índice de variabilidad es razonable y por tanto, en una entusiasta empresa conjunta, nos fue posible extraer la narración que expresa el común denominador, síntesis de todas las versiones, que sería
ésta:

“Gou-Goroo, el muy imbécil, es nuestro principal espíritu maligno.”

(Nota: para los papupoa la maldad y la estupidez son lo mismo ya que, en una isla tan pequeña, la persona que actúa malvadamente pronto se queda sola y, si insiste, resulta bien fácil de matar. Los papupoa, a diferencia de la mayoría de las etnias del Océano Pacífico, son pésimos navegantes y rara vez se alejan más de cien metros de la playa para echar las redes. Cuentan que sus antepasados lo pasaron tan mal durante la travesía que los llevó hasta la isla que decidieron olvidar el arte de la navegación. De ahí que, para los escasísimos criminales papupoa, la huida de la isla no sea más que una forma de suicidio).

“Gou-Goroo, de joven, fue un hombre tan malo y tan tonto que daba risa. Pero había que reírse de él a cierta distancia ya que te tiraba a la cabeza lo primero que encontraba a mano. Una vez, sorprendido por nuestras burlas justo en la orilla del agua, no encontró otra cosa para tirarnos que… una de sus piernas. La cogió con la mano derecha y, cuando la intentó lanzar, el batacazo fue tan brusco y original que, del ataque de risa, a mi tataratatarabuela se le desencajó la mandíbula y tardó más de dos meses en volver a masticar correctamente”. (Otras versiones dicen que se cagó. Y que no fue la única.)

“Gou-Goroo era tan rematadamente estúpido que nunca cayó en la cuenta de que, para terminar con todos sus problemas, lo único que tenía que hacer era comportarse correctamente, ayudar en las tareas del clan y arrimarse a una buena chica. ¡Lo más fácil del mundo! Pero cuando asesinó a su hermano a golpes de caracola, los espíritus buenos decidieron que matar a Gou-Goroo sería hacerle un favor ya que dejaría de sufrir y nunca podría recapacitar. Así que lo convirtieron en un medio-pez feísimo, con cabeza, cuerpo y cola de escorpina hervida pero con cuatro brazos en vez de aletas. Podía respirar un rato fuera del agua pero enseguida se empezaba a ahogar y tenía que volver al mar. Los espíritus buenos le dieron esa capacidad anfibia limitada por si alguna vez se arrepentía y quería salir del océano para demostrárselo al clan.

Gou-Goroo pasaba frío aun en las someras aguas de los arrecifes y decidió robarnos el fuego. Por aquel entonces solo teníamos una hoguera y hacíamos turnos por la noche para mantenerla encendida.” (en la isla no habían maderas duras que se pudieran frotar ni nada parecido al pedernal).

“Si se apagaba había que esperar a que cayera un rayo en alguna palmera y eso podía tardar años en suceder, condenándonos a comer siempre crudo, lo cual a muchos nos daba dolores de tripa. Y siempre había algún descontento que se moría.

Gou-Goroo bien que sabía todo eso, pero siendo tan malo le daba igual. Así que una noche en la que soplaba brisa suave, cuando menos probable era que se apagase la hoguera y por ello tendían a relajarse los que la vigilaban, salió del mar gateando velozmente, metió todas las brasas en una bandeja y echó a correr hacia la playa, ya medio asfixiado. Los guardianes solo estaban algo amodorrados y reaccionaron deprisa gritando para despertar a todo el clan y saliendo en persecución del ladrón. El muy imbécil no había pensado en cómo iba hacer para evitar que, al entrar en el agua, se le apagasen las brasas. Desesperado y, por tanto, todavía más idiotizado que de costumbre, no se le ocurrió otra cosa que tragárselas. Nadie, nunca en toda la historia del clan, había hecho algo tan estúpido.

Gou-Goroo se quemó las tripas, dio grandes chillidos, vomitó los carbones y se hundió en el océano oyendo a todos los papupoa revolcarse de risa en la playa. Tan tronchados estaban que faltó poco para que se extinguiesen las brasas; algunos, convulsos y cegados por las lágrimas, lograron arrastrarse para reunirlas y alimentarlas.

Gou-Goroo, tras eso, pronto comprobó que, en cuanto asomaba el morro entre las olas, lo viese quien lo viese estallaba en carcajadas, y poco a poco, de pura vergüenza, dejó de ir a la orilla.

Para cuando el hotel llegó a nuestra isla, hacía ya veinte años que nadie había visto a Gou-Goroo. Pero sigue presente en nuestras rondas nocturnas de chistes y, sobre todo para los niños, es un ejemplo insuperable de lo que no debe ser nunca un papupoa.”

Salvador Solé, 15 Julio 2009 (ampliando un texto de Enero de 1992)


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