5 de enero de 2010

Pertenencia y participación. Identidad democrática

En un reciente artículo*, Fernando Savater distingue entre la identidad de pertenencia (a una cultura, una fe, una nación, una raza) y la identidad democrática. La primera, la identidad de pertenencia, se convierte muchas veces en un blindaje que pretende justificar excepciones en base a la adscripción del ciudadano a tal o cual grupo identitario.

La distinción puede resumirse en la distinción entre ser y estar. Cada individuo configura su identidad en base a una serie de identidades yuxtapuestas. Unas impuestas por la biología (macho o hembra, payo o gitano) o por la geografía (europeo o asiático, gallego o catalán) o por la historia (cristiano o budista), mientras que otras provienen de elecciones personales, según nuestros afectos, creencias y aficiones (socio de Greenpeace o fan de Chenoa). Hay cosas que somos desde la cuna (diestros o zurdos, morenos o rubios) y otras que nos empeñamos en ser: “ciertas identidades nos apuntan y al resto nos apuntamos”.

Cada cual tiene, por supuesto, el derecho a ser lo que quiera ser, socio del Madrid o del Barcelona, incluso a creerse ser esto o aquello, vasco “puro” o andaluz “de pura cepa”, o a intentar ser el mejor artista, el más hábil jugador de fútbol, el más competente científico, el más exitoso comerciante... Uno puede aspirar a ser considerado modelo de elegancia u honesto padre de familia… Se trata de una aventura personal, biográfica.

Pero la identidad democrática es otra cosa, no expresa tanto una manera de ser como una manera de estar. De estar junto a otros, para convivir, emprender y cooperar en tareas comunes, pese a las diferencias de lo que cada uno sea o pretenda ser.

El único requisito que se impone a la identidad democrática es que respete las normas básicas de convivencia y los principios generales que los españoles nos hemos dado en la Constitución Española.
No hay cánones definitivos para ser español: se puede ser español y católico o ateo, musulmán o agnóstico, blanco, mulato, amarillo o negro del todo, hablar euskera, castellano o catalán, ser homosexual, heterosexual o célibe, disfrutar de las corridas de toros o abstenerse de ir a ellas…, pero sí hay normas y límites para estar en España como ciudadano de una democracia avanzada, beneficiándose de los derechos que nuestra constitución protege (educación, sanidad, libertad de expresión, etc). Por ejemplo, uno no puede, siendo español, mutilar a su hija, secuestrar a quien quiera, violar a un niño o maltratar a las mujeres impunemente.



De modo que la pregunta interesante no indaga lo que significa ser español, sino lo que exige ser ciudadano de España. Los campanarios o los minaretes no amenazan las libertades públicas, sino aquellos creyentes que ponen su pertenencia religiosa por encima de sus obligaciones cívicas, pues las dichas obligaciones (respetar la propiedad y el descanso ajenos, pagar impuestos, etc.) permiten que todas las creencias (religiosas, filosóficas o políticas) convivan sin desgarramientos, violencias ni privilegios.

Así pues, frente a la cultura de la pertenencia, acrítica, blindada, basada en el “nosotros somos así”, está la cultura de la participación, cuyas adhesiones son revisables y buscan la integración de lo diferente en lugar de limitarse a celebrar la unanimidad de lo mismo. La cultura de la participación respeta el ser de cada cual pero lo subordina en asuntos necesarios al estar juntos, a las normas de convivencia con quienes son de otro modo.

El problema de fondo es que las identidades particulares (los particularismos) con las que cada uno definimos lo que somos gozan de una calidez entusiasta y egocéntrica (o egoísta) a la que difícilmente puede aspirar la más genérica, cosmopolita y compartida unidad democrática. Cada cual disfruta o padece su ser y sólo se resigna a estar con los demás, soportando o tolerando sus diferencias de criterio, gustos y maneras de comportarse. De ahí la importancia de una educación cívica, de una Educación para la Ciudadanía que razone y persuada para la formación de un carácter verdaderamente democrático en todos los aspectos.

(*) “Sobre la identidad democrática”, EL PAÍS, 29 Dic. 2009, pg. 21.

Cuestionario

1. ¿Es lo mismo la identidad de pertenencia que la democrática?
2. Distinga entre rasgos identitarios heredados y elegidos. Confeccione sendas listas con los suyos propios.
3. ¿Por qué la identidad democrática tiene que ver con el estar más que con el ser?
4. ¿Por qué debe subordinarse la identidad de pertenencia a la identidad democrática? ¿Por qué es tan difícil conseguir esto?
5. Contraste la cultura de la pertenencia a la cultura de la participación.
6. ¿Qué requisito impone obligatoriamente la identidad democrática?
7. Explique por qué es importante y necesaria una buena eduación para la ciudadanía.

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