21 de diciembre de 2010

CIBERURBANIDAD Y NETIQUETA

La Internet, es una gran ciudad en expansión, como en cualquier ciudad, para poder convivir, se deben respetar ciertas normas de ciberurbanidad: “cibermaneras”, “Netiqueta” (contracción de “net”, en inglés, red, y “etiqueta”).

Por “etiqueta” entendemos el estilo, las normas, los usos y costumbres que deben guardarse en los actos públicos y solemnes. Creo que la Red de redes (Internet) no tiene mucho de solemne, pero la inmensa mayoría de nuestros actos en la red son actos públicos y deberían asumir ciertas normas.

Por “urbanidad” entendemos la corrección y cortesía en el trato con los demás; y por “maneras”, los modales o forma de comportarse de una persona en los espacios públicos e incluso en sus relaciones privadas e íntimas.

Hoy, la Internet no es una red de comunicación minoritaria, sino masiva, y lo va ser cada vez más. Muchos entran en ella como un elefante en una cacharrería, desconociendo las normas mínimas de convivencia que deben guardarse en cualquier sociedad, y la Red es una sociedad global, planetaria.

Si aprovechamos los recursos del correo electrónico, de un portal, de un grupo de noticias, de un foro de debate, o de una red social, de un cuaderno de bitácora (blog), de una wiki... debemos respetar ciertas normas. Algunas son muy generales como no amenazar ni insultar ni incluir palabras malsonantes y groseras, o respetar las reglas de ortografía, otras son específicas del medio:


-Debemos consultar de vez en cuando nuestro buzón o buzones, y limpiarlo(s), a fin de que no se pierdan mensajes. Las personas a quienes hemos dado nuestra dirección pueden haber mandado información relevante y estar esperando una respuesta. Comparta su conocimiento con los demás, y ayude a los novatos en lo que pueda.

-Borre inmediatamente los mensajes no deseados (spam, correo basura), ocupan un espacio que puede necesitar para algo importante.

10 de enero de 2010

Plutarco. Educación o adulación



"Unicamente aquellos que han aprendido a desear lo que deben, viven como quieren" Plutarco


Plutarco nació en el año 46, en la pequeña ciudad beocia de Queronea (Grecia), siendo Beocia una tranquila provincia del imperio romano. Se dice que fue amigo del emperador Trajano.

Plutarco representa el mejor ejemplo de moralismo educativo de su época. Murió hacia el 120 de nuestra era. Se educó como otros jóvenes de su tiempo en Atenas. Allí, en la Academia fundada por Platón, recibe clases de Amonio, un filósofo de ascendencia egipcia, con quien se adentra en los secretos de las matemáticas, la retórica, la religión, y estudia las doctrinas de la filosofía platónica, pero también de la peripatética, de Epicuro y del estoicismo, con la Estoa polemizará en varias ocasiones.
Plutarco no pretendió ni resultó ser un pensador original, pero sus escritos morales (Moralia), en forma de diatriba, representan una magnífica y equilibrada síntesis de la cultura antigua, en su búsqueda constante por dirigir al hombre hacia la virtud (areté), mediante la lucha y control de las pasiones (páthê).
Como teórico de la educación resulta un verdadero clásico. Todos los esfuerzos de la educación (paideía) griega estaban concentrados en la formación del ser humano con el fin de que su comportamiento como ciudadano fuera el más provechoso para la pólis (ciudad-estado), como simple miembro de su comunidad o como figura destacada de la jerarquía política, social o religiosa.
Pero la crisis de la ciudad antigua, sustituida por entidades políticas mayores, en este caso el imperio romano, fomenta el individualismo, la desorientación y el aislamiento. En estas condiciones, que son en gran medida también las nuestras, se produce una interiorización de la educación; el ser humano perseguirá más que nunca aquella máxima tan antigua y socrática del “Conócete a ti mismo”.
En nuestros días, nada nos aleja más de un buen conocimiento de nosotros mismos que la falsa imagen que nos devuelve el espejo de la televisión, dominado por la publicidad comercial y la propaganda política, cuyo resorte fundamental para imponernos su visión de las cosas es el halago, la adulación. En relación a esto, las palabras de Plutarco cobran un sentido actual y clarividente:

“Es necesario apartar a los niños de todos los hombres perversos y, sobre todo, de los aduladores. Pues también quisiera decir ahora lo que repito con frecuencia a muchos padres: no hay especie más depravada ni que, sobre todo y rápidamente, lleve a la ruina a la juventud que la de los aduladores, los cuales aniquilan de raíz a los padres y a los hijos, afligiendo la vejez de los unos y la juventud de los otros; ofreciendo el placer como cebo irresistible de sus consejos. Los padres aconsejan a sus hijos [ricos] que sean sobrios, ellos que se embriaguen; que sean moderados, y ellos que sean impúdicos; que ahorren, y ellos que despilfarren; que amen el trabajo, y ellos que sean negligentes, diciendo: ‘la vida toda es un instante, conviene vivir no vegetar’” Sobre la educación de los hijos, 13ª.

Cuestionario
1. Escriba una semblanza sobre Plutarco de Queronea.
2. ¿Cuál era el fin principal de la educación griega (paideía)?
3. El abuso de la televisión ¿facilita el ajustado conocimiento de nosotros mismos? Por qué.
4. ¿Por qué la tele, los publicistas y los propagandistas, adulan a los telespectadores?
5. ¿Por qué los aduladores pervierten a la juventud?
6. ¿Conoce usted la fábula de El Cuervo y el Zorro? ¿Cuál es su moraleja?

Comente por extenso el texto de Plutarco con que acaba la entrada 

5 de enero de 2010

Pertenencia y participación. Identidad democrática

En un reciente artículo*, Fernando Savater distingue entre la identidad de pertenencia (a una cultura, una fe, una nación, una raza) y la identidad democrática. La primera, la identidad de pertenencia, se convierte muchas veces en un blindaje que pretende justificar excepciones en base a la adscripción del ciudadano a tal o cual grupo identitario.

La distinción puede resumirse en la distinción entre ser y estar. Cada individuo configura su identidad en base a una serie de identidades yuxtapuestas. Unas impuestas por la biología (macho o hembra, payo o gitano) o por la geografía (europeo o asiático, gallego o catalán) o por la historia (cristiano o budista), mientras que otras provienen de elecciones personales, según nuestros afectos, creencias y aficiones (socio de Greenpeace o fan de Chenoa). Hay cosas que somos desde la cuna (diestros o zurdos, morenos o rubios) y otras que nos empeñamos en ser: “ciertas identidades nos apuntan y al resto nos apuntamos”.

Cada cual tiene, por supuesto, el derecho a ser lo que quiera ser, socio del Madrid o del Barcelona, incluso a creerse ser esto o aquello, vasco “puro” o andaluz “de pura cepa”, o a intentar ser el mejor artista, el más hábil jugador de fútbol, el más competente científico, el más exitoso comerciante... Uno puede aspirar a ser considerado modelo de elegancia u honesto padre de familia… Se trata de una aventura personal, biográfica.

Pero la identidad democrática es otra cosa, no expresa tanto una manera de ser como una manera de estar. De estar junto a otros, para convivir, emprender y cooperar en tareas comunes, pese a las diferencias de lo que cada uno sea o pretenda ser.

El único requisito que se impone a la identidad democrática es que respete las normas básicas de convivencia y los principios generales que los españoles nos hemos dado en la Constitución Española.
No hay cánones definitivos para ser español: se puede ser español y católico o ateo, musulmán o agnóstico, blanco, mulato, amarillo o negro del todo, hablar euskera, castellano o catalán, ser homosexual, heterosexual o célibe, disfrutar de las corridas de toros o abstenerse de ir a ellas…, pero sí hay normas y límites para estar en España como ciudadano de una democracia avanzada, beneficiándose de los derechos que nuestra constitución protege (educación, sanidad, libertad de expresión, etc). Por ejemplo, uno no puede, siendo español, mutilar a su hija, secuestrar a quien quiera, violar a un niño o maltratar a las mujeres impunemente.